domingo, 30 de julio de 2017

Anna Karenina: reescribiendo la historia en clave feminista


Que os he tenido a los seguidores del La luna en agosto muy abandonados este último mes, lo sé. Por eso este fin de semana os dejo ración doble: una reseña, la primera, del libro Y amancerá otro día en el blog Contra la inercia el espacio literario y cultural de mi amigo y colega Rubén Almarza.
Esto es lo que dice Rubén de Y amanecerá otro día

"En sus ciento treinta páginas, Avelina nos muestra relatos breves y microrrelatos llenos de garra y de sentimiento. No hay lugar para la autocomplacencia o para el deleite en la descripción. Avelina es directa, cruda y dura, y consigue hacer suyo un estilo que, además de característico, es muy vistoso. Mientras que en otras ocasiones sí he criticado la ausencia de descripciones largas (no me malinterpretéis, Avelina también tiene espacio para ellas), en estos relatos ha eliminado gran parte de lo superfluo para ir al grano, y debemos decir que nos encanta.
No hay una temática concreta, ya que son relatos muy dispares. Algo que se debe señalar es que sí versan en torno a la madurez, el final de la vida o la muerte, ya que Avelina trabaja en el sector sanitario, y es algo que, de una u otra manera, se nota en sus relatos: desde una enferma terminal de cáncer hasta una persona con paraplejia. Pero hay otros temas que le preocupan en demasía, como el mundo musulmán, en la figura de un violinista sirio que se ve abocado a ser refugiado, o el de una mujer que es asesinada por su padre al no querer vivir de forma tradicional.
Si bien no todos los relatos son originales, y muchos de ellos los hemos podido disfrutar en varias de las antologías de la editorial, sí es cierto que todos ellos han sido revisados para esta edición, para ofrecer una nueva versión de algunas de esas historias que ya nos sorprendieron en su momento: músicos en completa decadencia, mujeres maltratadas que buscan salir adelante, dueños de empresa que sufren la compra de sus proyectos… la fuerza de sus argumentos hablan por sí solos, pero es la cercanía de todos ellos los que ponen en valor la importancia de esta antología.
Tenemos ante nosotros una antología que se lee en dos tardes, que no se hace pesada y que nos permite conocer las inquietudes de la autora. Una lectura ligera para lo que queda de verano y que es adictiva. Contra la inercia recomienda su lectura y os animo a compartir vuestras impresiones. ¿Cuál es vuestro relato favorito?".



También os dejo un nuevo relato del libro. Alguna vez os habéis preguntado qué cambiaría si algún personaje de novela clásica fuera un adelantado a su tiempo y actuara según las normas sociales actuales Pues eso es lo que hecho yo con Anna Karenina en este relato. Vamos con él. 

Anna se encontraba furiosa. No, furiosa, no, más bien desesperada. O tal vez ambas cosas a la vez. Lo había arriesgado todo por Vronski: su reputación, el cariño de su hijo, Seriozha, que la creía muerta… Pensó que por amor podría superar todos los inconvenientes, hacer oídos sordos a las murmuraciones. Ignorar a aquella sociedad hipócrita y anclada en viejos prejuicios que le hacía el vacío, tan solo por haber seguido los designios de su corazón. ¡Qué equivocada estaba! Ahora se daba cuenta: ¡nunca la dejarían ser feliz! Aún era posible la salvación para Vronski, el caso de los hombres era distinto, pero a ella ya la habían condenado sin remedio. ¿Acaso amar era un crimen tan execrable? ¿Tan horrible era ella por anteponer sus sentimientos? Se había dejado llevar por ellos sin medir las consecuencias. Sí… se lo había jugado todo a una carta y ahora tenía la certeza de haber perdido la partida porque él, en quien había depositado su felicidad y su destino, también había acabado traicionándola. Estaba segura de que iba a aceptar ese matrimonio que su madre estaba empeñada en concertarle, con tal de apartarlo de sus brazos.

Se detuvo al borde del andén. De repente le vino a la memoria aquel horrible accidente ocurrido en ese mismo lugar hacía tiempo. El hombre cayó a las vías y el tren lo arrolló en apenas unos instantes. ¡Todo transcurrió tan deprisa! Se sintió de nuevo sobrecogida por aquella imagen terrible que creía olvidada. ¿Por qué se recreaba en ella de esa manera? ¿Por qué le provocaba una fascinación tan morbosa? Aquel pobre hombre había tenido una muerte cruenta quizás, pero estaba segura de que había sido rápida, casi instantánea. Sintió la tentación, casi la necesidad de saltar, como si una fuerza invisible la empujara. Parecía una salida tan fácil, una forma tan sencilla de acabar de una vez por todas con todo lo que la angustiaba. Así podría finalmente descansar. ¿Cuántas noches llevaba sin dormir? Ni lo recordaba ya.

Deseo con todas sus fuerzas que llegara un convoy a la desierta estación de Moscú. El frío matinal atenazaba sus movimientos y se colaba entre su ropa de abrigo. Los escalofríos le recorrían la espalda. Al espirar, su aliento se condensaba en vaho.  Sin embargo, el viento helador era lo que la mantenía alerta. Tuvo que esperar unos minutos, pero al fin divisó algo en la lejanía. Observaba acercarse a la máquina de hierro de la misma manera que un cazador observa a su presa. Quería elegir el momento justo para lanzarse, ese en el que fuera imposible dar marcha atrás. Cuando ya estuvo lo bastante cerca se preparó. «A la de una, a la de dos, a la de tres…». Pero dejó que pasara de largo mientras se mantenía inmóvil, con los pies bien pegados al suelo.

Anna, con el corazón todavía a mil por hora, inspiró con dificultad en medio de la vaharada espesa y caliente que quedó flotando en el aire. «¿Cómo he podido siquiera pensar en hacerlo?», pensó espantada. «¿Qué habría sido entonces de ti, mi pequeña Annie?». Luego, todavía conmocionada por el trauma que acaba de vivir, regresó a casa a toda prisa y le escribió una nota apresurada a Vronski: 

Querido mío:
No pienses ni por un segundo que ya no te amo. Pero no puedo seguir viviendo a tu lado. Me asfixio rodeada de tanta falsedad. Por desgracia tendré que marcharme sin Seriozha, ya que Karenin, además de negarse a concederme el divorcio, no me deja acercarme a él. Pero eso no me impedirá buscar nuevos horizontes para mí y para nuestra hija. Estoy segura de que habrá algún lugar en el mundo en el que podamos vivir en paz. No intentes encontrarme, te lo ruego. Has sido el gran amor de mi vida, pero ahora necesito proseguir sola mi camino.
Siempre tuya, Anna. 

La experiencia del suicidio no consumado había cambiado completamente a Anna Karenina. Ahora era una mujer nueva, llena de determinación y preparada para enfrentarse a sus miedos. Ya no estaba dispuesta a permitir que las habladurías y los convencionalismos se interpusiesen nunca más en su camino ni en el de su hija Annie. «Esto lo hago por ti. Sobre todo, por ti. Para que nunca tengas que pasar lo que yo he pasado. Para que tengas la libertad de amar y vivir como quieras, como el corazón te dicte, pequeña mía». Entonces abandonó para siempre la patria donde nació. Dejó atrás toda su vida anterior, renunciando a su familia, a los pocos amigos fieles que todavía le quedaban y a su amor por Vronski, para emprender con Annie una nueva vida en un lugar ignoto en el que la palabra reputación careciera de significado y los prejuicios no existieran.


miércoles, 5 de julio de 2017

Presentaciones de "Y amanecerá otro día" en alicante


Consigue el libro aquí





La semana pasada, los días 29 y 30 de junio presenté mi nuevo libro Y amanecerá otro día en Alicante, en dos ambientes muy cercanos desde el punto de vista geográfico, pero diferentes entre sí a más no poder. 









El jueves 29 hice mi presentación en un ambiente serio y académico y con poca afluencia de público (todo hay que decirlo). Sin embargo, la sala que me cedió el Colegio de Médicos a tal fin fue impecable: cómoda, con una acústica excelente y con el aire acondicionado funcionando de maravilla.



Al día siguiente, el viernes 30 lo hice en la Casa de la Cultura de Sant Joan d'Alacant. La sala que se estaba prevista en principio, la de conferencias, no desmerecía para nada a la del día anterior. Pero una imprevista avería en el sistema general del aire acondicionado nos obligó a trasladarnos a otra sala que se acondicionó sobre la marcha para el acto. Lo cierto es que allí hacía un fresquito de los más agradable y tan solo la gran asistencia de numerosos conocidos y amigos fue capaz de subir, en el mejor de los sentidos, la temperatura ambiente.