martes, 28 de febrero de 2017

La luna en agosto (Capítulo III)




―III―

Tras la terrible discusión que había mantenido con Alicia, Ignacio había vagabundeado sin rumbo durante un par de días. Al fin, la noche anterior había recalado en casa de Emilio, su jefe además de amigo. Llegó muy bebido,  a decir de él mismo, con una buena cogorza, moña, merluza, melopea, tajada, curda, pedal… ―se podría decir que conocía todos los sinónimos de borrachera que se encontraban en el diccionario y algunos más―.

Le habían dejado dormir la mona en el sofá y se había despertado, ya por la mañana, en unas condiciones bastante lamentables. Después de todo, se daba cuenta de que no había sido tan buena idea tratar de olvidar sus penas mediante el consumo desenfrenado de bebidas espirituosas. Abundando más en el tema, no había conseguido su principal propósito, ya que seguía recordando punto por punto todo lo ocurrido, y además era consciente de ser el único culpable por comportarse con Alicia como un auténtico zoquete.

No había sido capaz de aplacar la ira de Alicia y eso le preocupaba. Sentía que su relación con ella, que era lo único que de verdad le importaba, se le estaba yendo de las manos. Solo sabía que la quería con locura, que era lo mejor de su vida y que estaba dispuesto a todo con tal de que las cosas volvieran a ser como antes.

¿Cómo había podido enterarse de su aventura en esos pocos días en los que ella se había ausentado de la ciudad para visitar a su hermana? Desde entonces no había hecho otra cosa que escurrir el bulto, creyendo que ella se olvidaría del tema. Pero esa conducta, lejos de apaciguarla, la enfurecía todavía más y las cosas entre ellos habían ido de mal en peor hasta que la situación se había descontrolado por completo.

Se sentía culpable al margen de que ella lo hubiera descubierto. No solo no le había sido fiel a ella sino que tampoco había sido fiel a sí mismo. Eso le hacía sentirse incómodo, incluso cuando ella callaba, pareciéndole entonces, que aquello era un mudo reproche por su parte. Se mostraba lejano porque se sentía avergonzado por su comportamiento.

Por el contrario, Alicia creía que era porque ya no la quería. Cada vez la distancia entre ellos se había ido haciendo más grande.  Ahora ya parecía un abismo insalvable.

Todo había sucedido de forma casual. Él había salido a tomar unas cañas por la noche, a ver si se encontraba con alguno de sus colegas del barrio, ya que tras su marcha, la casa se le venía encima.

Sin embargo, con quien se topó de cara, fue con una maciza que no se cortó en tirarle los tejos de una forma descarada. Al principio se hizo el estrecho, pero Ignacio acabó seducido por su insistencia y su enorme sex-appeal. Si Alicia hubiera estado cerca de él en ese momento crucial todo hubiera sido diferente, pero ella se hallaba a muchos kilómetros de distancia y su solo recuerdo no fue suficiente para que Ignacio pusiera freno a sus instintos libidinosos. Entonces ocurrió lo inevitable.

No se sentía especialmente satisfecho por lo sucedido. Incluso una vez pasada la euforia del momento no había parado de remorderle la conciencia, no haciendo si no reprocharse su conducta una y otra vez. Pero sí, se los había puesto a Alicia hacía apenas un par de semanas.  Y bien grandes, por cierto.

Estaba seguro de que Alicia lo sabía o, cuando menos, lo sospechaba y él estaba echando a perder el amor de su vida por culpa de aquella fatídica noche en la que no estuvo a la altura. Aunque ya había tomado una decisión al respecto: volvería a casa, se lo confesaría todo con valentía y le pediría perdón de forma humilde y sincera. Tal vez así conseguiría una segunda oportunidad.

Sin embargo, su situación parecía más que complicada. Invadido por completo por el pesimismo, no pudo más que rememorar su doloroso pasado. Entonces resurgieron sus antiguos fantasmas y tuvo miedo de encontrarse otra vez caminando por el filo de la navaja.

Su adolescencia y primera juventud habían sido bastante problemáticas. Por circunstancias diversas había tenido que  crecer solo, a su aire, sin una figura de autoridad que lo guiara.

A pesar de que había conseguido, en último término, sobrevivir a los ambientes marginales y a las malas compañías, había tenido que pagar un alto precio por ello. Aun así no podía quejarse del todo, ya que sabía de muchos que habiendo pasado por vicisitudes similares, habían sucumbido ante ellas, víctimas de la mala vida y anclados en una existencia miserable. Así que su historia era en realidad tan corriente y triste como tantas otras que había tenido la desdicha de conocer de primera mano.

Su padre había sido un taxista borrachín que les pegaba a su madre y a él cada vez que llegaba ebrio a casa, cosa que ocurría con frecuencia. Por suerte se mató en un accidente de tráfico, antes de conseguir desgraciar de una paliza a ninguno de los dos.

Aunque ambos quedaron en una situación económica muy precaria tras la muerte de su progenitor, y aun contando con la pequeña indemnización que les correspondió, Ignacio recordaba como dichosa la época en la que habían vivido solos su madre y él.

Por desgracia, aquello tampoco duró mucho, pues su madre había nacido sin estrella y falleció de un  terrible cáncer que la fue carcomiendo por dentro en cuestión de unos pocos meses, cuando él apenas contaba quince años.

Sin ella se encontró en total desamparo y tuvo que sobrevivir con los pocos recursos de que disponía. Prácticamente vivía en la calle. Todo lo que sabía lo aprendió en ella, y después, esta, prestamista siempre usurera, le cobró su tributo en forma  de algunos años de correccional.

A pesar de su mala fortuna, fue lo bastante listo como para aprovechar ese periodo entre barrotes aprendiendo un oficio. De esta forma se convirtió en un buen carpintero, cosa que le permitió  ganarse bien la vida cuando salió en libertad.

Llevaba trabajando varios años en la carpintería de Emilio, quien no había tenido inconveniente en contratarlo a pesar de sus antecedentes. Si había albergado algún recelo hacia él por su condición de exconvicto, nunca se lo había hecho saber y, pese a esa mácula en su biografía, con el tiempo se habían convertido en grandes amigos, casi hermanos, y se tenían confianza plena. De hecho, Emilio le acaba de dar una gran muestra de amistad al acogerlo en semejante estado.

Pero retomando la crónica de su pasado, lo cierto era que Ignacio había salido de aquel mal trance con la lección bien aprendida y ya hacía mucho que no había vuelto a tener ningún encontronazo serio con la ley. Hoy en día, a punto de cumplir los treinta y dos, era un hombre totalmente centrado.

Desde que estaba con Alicia se sentía feliz, quizá por primera vez en toda su vida, aunque nunca se había atrevido a contarle nada de su tortuosa vida anterior. Por supuesto tampoco que su triste infancia, y no otro, era el motivo por el que se negaba en rotundo a tener hijos. No quería que sufrieran todos los sinsabores que él había tenido que soportar.

Pese a ello se daba cuenta de lo absurdo de esa idea porque sabía que hubiera sido incapaz de comportarse con una criatura como su padre lo había hecho con él. Es más, casi estaba seguro de que podría llegar a ser un buen padre si es que, a pesar de su vehemente oposición, estaba escrito en su destino que ello le sucediera alguna vez.

Pero un miedo solapado e irracional hacía que no quisiera siquiera oír hablar del tema y siempre que Alicia le había insinuado la posibilidad de tener un bebé, él había acabado cerrándose en banda.

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