sábado, 4 de febrero de 2017

Crimen de honor, segunda parte. Una corazonada



Schneider y Farid acudieron puntuales a la cita, aunque aún tuvieron que esperar a Neumann durante un rato.

—Perdón por el retraso. Esto es lo que puedo decirles: se trata de Lamya Eljall, veintiocho años, saudí.

—Lamya… Lamya Eljall. El caso es que a mí me suena mucho ese nombre —dijo Farid. ¿No es la hija de Abdul-Rahim Eljall, el famoso empresario? Ese que tiene por toda Alemania una franquicia de kebabs que lo ha hecho de oro.
—¿Tú sabrás? ¡Para eso eres el experto en las notas de sociedad del medio oriente! ¡No te digo!

Schneider no lo podía remediar, cada vez que se le presentaba la ocasión soltaba una puyita. Daba igual de quién se tratara. Era uno de los motivos por los que solía caer mal a todo el mundo.

—Sí, ahora lo recuerdo —se reafirmó Farid—, porque mi esposa me habló de ella hace cosa de un mes. Es, digo… era una chica muy popular. Estudió derecho en Oxford y después volvió a su país. Pero al parecer, terminó por fijar la residencia en Londres.

—¿Entonces, qué carajo estaba haciendo aquí? —preguntó escéptico Schneider.

—Antes de que empiecen a especular déjenme terminar.

—¡Claro, doctor! Le escuchamos —dijo Farid, aunque los dos deseaban conocer los detalles cuanto antes.

—No tenía agua en los pulmones. Por tanto, no fue el ahogamiento la causa de su muerte, sino la asfixia por estrangulamiento: tenía roto el hiodes.

—¿Ah, sí…? —Schneider estaba decepcionado. ¡Mierda! ¿Sabes que esto lo cambia todo, Farid? ¡Adiós suicidio! ¡Hola asesinato! ¡Dios mío! ¿Cuándo podré tener un fin de semana tranquilo?

—Cuando te jubiles, tío. No antes. Y que conste que ya me gustaría. Eres un pesado de cojones. —Se lo había puesto en bandeja. Ahora le tocaba a Farid devolvérsela.

—Dejen de discutir, señores, que aún hay más. Cuando la desnudé observé que lucía algunos tatuajes. También tenía un piercing en el ombligo. Estoy casi seguro de que el desgarro del labio se debe al arrancamiento violento de otro adorno de esos.

—¡Sí que había salido moderna la niña! —exclamó Schneider frívolamente mientras le daba un codazo a Farid.

—¡No lo entienden, verdad! —repuso este moviendo la cabeza de lado a lado—. Ese tipo de prácticas choca frontalmente con la tradición del Islam. Su familia no estaría muy contenta.

—Lo siento, pero todavía falta una última cosa. Durante el examen de los órganos internos advertí que estaba embarazada de unas ocho semanas. Y ahora que ya les he dicho todo lo que sé, váyanse y déjenme continuar con mi trabajo.

Salían del anatómico-forense cuando Schneider tuvo una inspiración.

—¡Eh, Farid! ¿Tú que conoces mejor el tema, sabes si alguien más de la familia podría estar de visita en Munich?

—Es más que posible. El padre viene a menudo para visitar a sus franquiciados. Sé que se suele alojar en Le Meridien. Llamemos por si suena la flauta… También podríamos preguntar por ella. Al fin y al cabo si coincidieron en la ciudad tampoco sería tan raro que padre e hija estuvieran en el mismo hotel.

Desde la recepción de Le Meridien les confirmaron que Abdul-Rahim Eljall sí estaba registrado, pero a Lamya no la conocían de nada.

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