sábado, 29 de octubre de 2016

La luna en agosto firmada y sin gastos de envío


Que vives en España. Ahora puedes tener mi novela La luna en agosto en papel firmada y sin gastos de envío en mi tienda virtual o mejor, poniéndote en contacto conmigo a través del formulario de contacto del blog.
También en la  puedes adquirir en la librería LibrUp de Barcelona (en este caso sin firmar)la editorial Círculo Rojo (con los gastos de envío concertados).  

Vives en el extranjero pero no quieres renunciar a ella: la puedes conseguir a través de Amazon. El único inconveniente es que no te la podré dedicar. I'm sorry.

Que la prefieres en ebook. No hay problema, la podrás leer en un clik, ya que en  Casa del Libro y El Corte Inglés la tienen en formato Tagus.  También a través del Club de la  lectura donde prodrás participar en fantásticos sorteos.

 

Feliz lectura

Tal vez sí, tal vez no



Lo pensó o no lo pensó. Era difícil saberlo. Aparentemente estaba en calma. Su sueño era plácido, por el efecto de la morfina, aunque se estaba ahogando, con los pulmones encharcados de su propia sangre.

Tal vez lo recordó o tal vez no. Esos primeros años de su infancia en el pueblo, donde era tanta el hambre y la miseria, que hizo emigrar a toda la familia a la capital en busca de un futuro mejor.

Quizá pasó por su cabeza, o no. Aquellos años difíciles de la posguerra, en los que todo estaba racionado, desde el pan a la electricidad. Esos tiempos en los que salían cada día, su padre y él, a buscarse la vida en un sentido literal. Sin saber si comerían o no, sin saber qué peonada harían o qué campo espigarían.

Tal vez recordó el día en que murió su padre, que tuvo que vender el burro para pagarle el entierro, que, con diecisiete años se había quedado solo en su papel de cabeza de familia, o las noches larguísimas en las que estudiaba hasta la madrugada, hasta que la sensación de hambre se lo permitía, después de un duro día de trabajo, a la luz de un candil –por los cortes de suministro eléctrico- y con una manta cuartelera enrollada en las piernas para engañar el frío, o las crueles chanzas en los tribunales, cuando lo veían tan talludito él, con ese aspecto de hombre hecho y derecho que siempre tuvo, en los exámenes libres del bachillerato.

No, su vida no había sido fácil. Había pasado de cuidar a su madre y sus hermanos, él era el mayor, a formar su propia familia y tener la responsabilidad de sus propios hijos sin apenas transición. Siempre había tenido que cuidar de alguien. Había trabajado muy duro para que no les faltase de nada a unos y a otros.

También, es cierto, había tenido sus pequeñas recompensas. Su matrimonio había sido relativamente feliz, todo lo feliz que la convivencia diaria y bastantes estrechuras económicas había permitido. Los hijos le habían salido buenos y le habían vivido todos, en una época en la que era bastante frecuente que una familia perdiera alguno. Más o menos, todos habían estudiado. Más o menos, todos se ganaban la vida. Todos se habían independizado y formado su propia familia.

Trabajó mucho en esta vida, es verdad, pero sus últimos años no fueron tan malos. Se jubiló con una buena pensión, fruto merecidísimo de sus años de incansable trabajo. Veía crecer día a día a sus nietos, cada año más numerosos, y seguía una rutina cotidiana que le satisfacía casi por completo.

Sin embargo, un día, llegaron los problemas de salud. Tuvo que ser intervenido de urgencias y, ya nunca más, volvió a ser el mismo. Trató de recuperar el pulso de la vida, de un luchador como él no podía esperarse menos. Pero, mientras era sometido a interminables tratamientos y exploraciones tuvo que enfrentar la muerte de dos hermanos. Aquel fue un duro golpe para sus, ya, exiguas fuerzas, que decayeron, si cabe, un poco más.

Su estado empeoró tanto en tan sólo unos días que hubo de ser ingresado de urgencias, pese a que hacía apenas un mes, había pasado sin problemas todos los controles médicos.

En un principio le daban esperanzas. Decían que le proporcionarían tal o cual tratamiento, que lo suyo cura, lo que se dice cura, no tenía, pero se podía controlar la enfermedad. Con muchas reticencias al fin aceptó, más por la esposa que por sí mismo.

Como casi siempre en su vida bastó un par de semanas para darle la razón. Empeoró de repente. Fue necesario avisar a los hijos que vivían fuera para que llegaran a tiempo. Ahora los tenía a todos junto a sí. Era bonito morirse de esa manera, rodeado por todos los suyos: en primer término, a su derecha la esposa, pendiente de él hasta su último suspiro, alrededor los hijos, que por turno iban acercándose para darle su postrero abrazo y también estaban sus hermanos, los que le quedaban vivos. La esposa, como en una ceremonia no escrita, pidió al hijo mayor que lo afeitara, no fuera a ser que la muerte le pillara desaseado.

Después todo ocurrió según lo previsto. El silencio respetuoso que había precedido a su expiración se quebró. Todos lloraban sobre el muerto y se consolaban unos a otros. Ya sólo quedaba cumplir con su última voluntad: una cremación sin flores y una esquela en el periódico local.

Descansa en paz.

sábado, 15 de octubre de 2016

Getafe Negro 2016



Estoy sumida en una actividad frenética. Tres de las antologías de Editorial Playa de Ákaba en las que participo como coautora se presentan dentro de los actos del Getafe Negro. Esta misma tarde, a las 19:00, en el Espacio  Mercado se presenta Refugiados, en la que participo con el realto El ansiado Berlín. Es esta ocasión no podré estar presente aunque estoy segura de que Luisa Gil y resto de compañeros tendrán una magnífica actuación.



 
Sin embargo, el jueves 20 asistiré a dos presentaciones. A las 18:00, en la Carpa de la Feria del Libro Elías López de la Nieta presentará Ulises en la isla de Wight, en la que participo con Despedida






Un poco más tarde, a las 19:30, en el Café el Violín será el turno de Teresa Oteo con Crímenes callejeros y mi relato Crímen de honor.



domingo, 9 de octubre de 2016

La cara oculta (VI y fin)



Por fin, un día expiró el plazo. Había pasado el periodo estipulado y Marta se había esfumado por completo. Ni siquiera las pesadillas nocturnas le atormentaban ya. Esa noche había quedado con unos compañeros de trabajo, pues era viernes, para ir a tomar unas copas. Los más avispados habían intuido su crisis, pensando, los ingenuos, que la soltería, ya entrado en años, era lo que le pesaba. Algunos, con toda su buena intención, lo habían invitado a casa por Navidad, ya que sabían que él carecía de familia. Otros, más atrevidos, le había presentado un sinfín de mujeres casaderas que la iban como anillo al dedo. En ocasiones habían insistido tanto, que no había tenido más remedio que invitar a la muchacha de turno, nada más que para quitárselos de encima. Pero todos, hasta los mas pesimistas habían visto con agrado como con el pasar de los meses su humor mejoraba, y esa noche, accedía por primera vez en mucho tiempo a salir a divertirse con ellos.

Recorrieron todos los locales de copas que encontraron abiertos. Luis, en honor de su redención, como decían en tono de sorna sus compañeros, pagó varias rondas. Criticaron a sus mujeres, se rieron con chistes picantes, se contaron con la mayor indiscreción todos los chismorreos de la oficina, y, ¿Cómo no? Pusieron más verde que una hoja de perejil al imbécil de Alberto Cedillo, que para entonces ya había sido nombrado subdirector. Toda esa demostración de alegría, aunque en buena parte artificial y ficticia, había complacido sobremanera a Luis, que no se había sentido de tan buen humor desde hacía muchos meses.

Por fin, después de la última ronda, que también corrió a cargo de Luis, se despidieron. Eran las cinco de la mañana y no había ninguno en todo el grupo que pudiera caminar en línea recta. La juerga había sido de órdago. En un primer momento, Luis pensó en ir a por el coche, pero se daba cuenta de que estaba ebrio. Se dijo que sería una lástima estropear una noche tan divertida por una posible multa de tráfico, o peor aún, por un tonto accidente. Por eso se dio la vuelta, para volver al último local donde habían estado, con la intención de pedir un taxi. Pero Luis nunca volvió. Aterrado vio como un coche aparecía de repente y se abalanzaba sobre él. Murió en el acto, pero antes del impacto pudo ver el rostro de la conductora. Le pareció Marta. Pero claro, sin duda eso fue la alucinación de un hombre que sabiéndose culpable se enfrenta cara a cara con la muerte.

El coche desapareció sin dejar rastro. No hubo testigos. El cuerpo fue encontrado por los basureros a las seis de la mañana, cuando iban de retirada. Fue identificado gracias a su documentación, pero por no tener familia, ni nadie que se hiciera cargo de su entierro, su cuerpo estuvo a punto de ir a parar a la facultad de Medicina para regocijo de los estudiantes, siendo rescatado in extremis por sus compañeros de oficina, quienes le homenajearon en su hora póstuma con un magnifico funeral y, además, pusieron una esquela en el periódico en su memoria. Sus compañeros lamentaron de veras la muerte de Luis, porque, en realidad este era muy apreciado en su oficina.

Cuando Laura leyó la esquela en el periódico se afectó mucho. No había sabido nada de él durante años, pues al separarse había cambiado de trabajo. «¡Qué mala suerte había tenido el pobre!». Primero la vida tan solitaria que había llevado siempre, sin familia, y ahora la muerte le sorprendía de improviso en plena madurez. Recordó que había estado enamorado de ella y que había sufrido un duro golpe cuando Alberto y ella decidieron casarse. Aunque había tratado de ocultarlo a todo el mundo ella lo sabía con certeza, lo conocía bien. Mientras continuaba sorbiendo el café, al tiempo que ojeaba el periódico, y una lágrima furtiva resbalaba por su mejilla, Laura pensaba en cuanto mejor la hubiera ido si se hubiera casado con Luis. «Él si que me quería, y además, era tan buena persona», se dijo entre suspiros…

Fin.

domingo, 2 de octubre de 2016

Gracias, por este año maravilloso



A final de mes se cumplirá un año desde que salió publicada mi primera novela, La luna en agosto.  En abril presenté también mi segundo poemario Paisajes propios y extraños. Desde entonces las antologías en las que participo como coautora se han ido multiplicando a lo largo de estos meses: Reflejos (varios poemas), La isla del escritor (Escala en Gran Caimán), Refugiados (El ansiado Berlín), Ulises en la isla de Wight (Despedida), Crímenes callejeros (Crimen de honor) y Escucháme, no me silencies (Desde el mismo andén). Estos dos últimos títulos muy pronto también estarán disponibles en editorial Playa de Ákcaba.
Tengo que destacar que mis colaboraciones con ELDE y, de manera muy especial,  con la editorial Playa de Ákaba han suspuesto para mí, subir un peldaño más en mis aspiraciones como escritora.
También quiero mencionar mi reciente incorporación a la web Desafíos literarios con la serie La cara oculta y mi columna quincenal Ya nunca seremos los mismos
Otro tema que no me quería dejar en el tintero es mi adscripción a la Sociedad Cooperativa de Escritores Independientes, cuya puesta en marcha es una gran noticia para todos nosotros, esos escritores independientes y hulmildes que tenemos la ilusión de mostrar al mundo de qué son capaces.
No quiero acabar sin dar las gracias a los seguidores de este blog y a todos aquellos que, sin serlo, me han leído o puede que me lean en alguna ocasión.
Desde aquí os mando un efusivo abrazo.