sábado, 12 de noviembre de 2016

Rosabella




Rosabella era una mujer entrada en años. Enjuta y marchita desde siempre, sin un atisbo de belleza, aunque fuera pasada, como si nunca hubiera disfrutado de juventud. Vivía sola en un humilde piso del extrarradio, de esos que aún quedan de renta antigua, y apenas se relacionaba con alguna  vecina porque no se le conocían amigas ni ningún otro tipo de relaciones personales.

Hacía muchos años que enviudó, cosa que no le hubiera importado demasiado de no quedar mermados sus ingresos al pasar a la condición de pensionista, porque lo cierto es que nunca amó a su difunto marido. Se casó obligada por sus padres con el primer pretendiente que se le presentó, ya que dada su fealdad y carencia de simpatía no quisieron desaprovechar la ocasión, temiendo que no le volviera a surgir ninguna otra.

Nunca llegaron a tener hijos, lo cual fue una bendición para esos retoños no nacidos, ya que su falta de instinto maternal quedó bien patente las pocas ocasiones en que recibió alguna visita infantil. Sin embargo, el hecho de no tener familia propia había sido un motivo de oprobio para su marido y siempre lo consideró como un fracaso personal. Pero se resignó a ello cuando vio que los años pasaban y el hijo deseado se negaba a llegar. «¡Estará de Dios!», se decía resignado.

A pesar de la aversión que Rosa siempre tuvo hacia él, lo cierto es que siempre se comportó como un buen marido. La amó discretamente, aunque sin demasiados alardes de pasión y siempre la respetó, sin reparar demasiado en el trato vejatorio que ella con frecuencia le propinaba. 

Sin embargo, con el pasar de los años, Rosabella fue olvidando lo mucho que lo despreció en vida. Comenzó a sentir una extraña añoranza por él y el deseo de que se reunieran en la otra vida. De este modo, una noche se durmió, tras abrir la espita del gas, con la intención de no volver a despertar, para poder reencontrarse con él. «Es la única persona a la que le he importado», se dijo con una gran dosis de lucidez y realismo la víspera, antes de acostarse. 

No obstante, su deseo se cumplió tan sólo de manera parcial. Es cierto que no volvió a despertar jamás, pero tampoco encontró nunca a su añorado esposo, ya que este, en cuanto comprendió que la fallecida deseaba reunirse de nuevo con él, se las arregló para reencarnarse en una nueva vida en la que ella no tuviera  cabida alguna.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario