jueves, 24 de noviembre de 2016

La luna en agosto (Capítulo II)





-II-
Alicia se despertó temprano pero se quedó remoloneando durante un buen rato antes de levantarse. Todavía se encontraba muy cansada ya que su sueño había sido poco reparador. Cuando al fin consiguió abrir los ojos se encontró en un espacio bastante agradable. La habitación era pequeña pero con la luz del nuevo día se veía coqueta y acogedora, a pesar de su aire sencillo y rústico, y la desagradable impresión percibida la víspera quedó desvanecida por completo.



Se levantó a eso de las nueve. Pero ni una ducha revitalizadora ni una cuidadosa labor de restauración a base de sus cosméticos preferidos pudieron contrarrestar los estragos causados  por la mala noche pasada. 


Se presentó a desayunar con un aspecto demacrado y tristón, que no pasó desapercibido a la perspicaz María que, aunque no era mujer de mundo, tenía mucho vivido a sus espaldas. 


Comenzó a tomar su café con leche con ganas, pero cuando se estaba comiendo la tostada sintió una repentina náusea que la hizo correr a toda prisa al aseo. Cuando salió, en lugar de retornar a la mesa, se dirigió hacia la salida. Todavía tenía el rostro congestionado y los ojos llorosos por el esfuerzo del vómito, cuando cruzó su mirada con la de la hostelera y le pareció encontrar en ella un atisbo de desaprobación cuya razón fue incapaz de comprender.


Como se marchó de forma tan precipitada, no pudo oír el comentario que esta le hizo a la cocinera, en voz no demasiado baja, aunque eso sí, en un tono más que confidencial.


―Una mujer en su estado no debería viajar sola, ¿no le parece?

―La cocinera, indiferente, se limitó a encogerse de hombros. 


Una vez fuera del establecimiento se dirigió al taller de coches.


A  pleno sol pudo apreciar mucho mejor el aspecto tan típico del pueblo, con estrechas calles flanqueadas por casas de dos o tres alturas en cuyas fachadas predominaba el color blanco. Los balcones y portales estaban rebosantes de geranios y petunias multicolores que le daban un aspecto muy mediterráneo. 


Los tacones se le clavaban en las juntas del empedrado. A pesar de esa pequeña contrariedad la experiencia de deambular sin prisa, fuera casi del tiempo, entre el silencio y el agradable frescor matinal, le resultó muy estimulante sobre todo teniendo en cuenta la tensión vivida durante las últimas horas.


Llegó más rápido de lo esperado, ya que por la noche, acaso debido al cansancio acumulado, le había parecido que la distancia era mayor. En cuanto entró en el local la atendió el encargado, un apuesto y rudo muchacho. La presencia de Alicia le causó una honda impresión. En su azoramiento se le notaba la poca costumbre que tenía de tratar con forasteros y menos aún con mujeres, al menos en lo concerniente a temas profesionales. 


Alberto, que así se llamaba el joven, fue todo lo amable que su parquedad de palabras le permitió. A pesar de que aparentaban casi la misma edad,  mantuvo las distancias tratándola de usted:


―No, señora, no… tardará por lo menos una semana y puede que aún se alargue…


No pudo continuar la frase porque Alicia se desplomó de repente y hubiera caído de bruces al suelo si este no hubiera tenido los reflejos a punto para agarrarla al vuelo.


―¡Toni!, ¡Toniiiii! ¡Vete corriendo a avisar al médico! ―le gritó al chico que tenía de ayudante. 


Mientras, alzó en brazos a Alicia y la acomodó en el único sillón de su desangelado despacho, por llamar de alguna manera a aquel pequeño antro infecto lleno de trastos inservibles y cubiertos de un polvo más que añejo. 


El pobre Alberto no se había visto en otra igual. No sabía qué hacer. Le daba suaves palmaditas en la cara al tiempo que le decía en un tono casi suplicante:


―¡Señora! ¡Por favor, señora! ¿Qué le pasa? ¡Despierte!


Poco a poco, Alicia fue recobrando la conciencia, pero se sentía confundida y sobre todo avergonzada por lo que acababa de sucederle. No sabía ni qué decir. 


Enseguida llegó el doctor Marcilla, un hombre peculiar, entrado en años, de aspecto regordete y socarrón. Llevaba un traje bastante corriente de poliéster, desgastado en exceso y de un color beis claro. Prescindía de la corbata a causa del excesivo calor.  Llevaba la camisa ―algo ajada, aunque de un blanco inmaculado y sin una sola arruga― con el botón del cuello desabrochado. Su atuendo resultaba tan anticuado como sus modales y parecía recién salido de una de una película costumbrista de los años sesenta. 


Toni lo había localizado en la pensión, donde sabía que tomaba a diario su desayuno. Por supuesto, María ya lo había puesto al corriente de la accidentada llegada de la forastera la noche anterior y, al parecer, sin ahorrarse ningún detalle. 


El doctor la sometió a un somero examen y tan solo le encontró la tensión algo baja.  No obstante, le recomendó que se pasara más adelante por la consulta, para realizarle un reconocimiento más exhaustivo.  


―¡Ah... por cierto! Hágase también prueba de embarazo. Tal vez con eso sea más que suficiente ―añadió al despedirse, al tiempo que le guiñaba el ojo derecho en una trasnochada mueca, tratando de hacerse el simpático, aunque el efecto fuera justo el contrario.


Las últimas palabras del médico dejaron a Alicia más desconcertada todavía. En ningún momento de su vida había planeado ser madre, en cierta medida por la oposición que había mostrado siempre Ignacio y que ella había terminado de asumir como propia. Se daba cuenta de que nunca había pensado de forma seria en el tema. Pero ahora la cuestión le surgía de golpe, en el momento más inoportuno, cuando su relación con Ignacio hacía aguas por todas partes y estaba intentando darle un nuevo sentido a su vida. «No puede ser verdad lo que me está ocurriendo», se repetía una y otra vez, como si de una letanía se tratase. Se haría ese maldito análisis, que estaba segura de que saldría negativo, le arreglarían el coche, saldría zumbando de este pueblo perdido a donde he llegado por puro azar y retomaría de nuevo su vida en el punto en el que la había dejado hacía  tan solo veinticuatro horas.

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Te perdiste el capítulo I: leelo aquí

Sííí, la quiero ya  

2 comentarios:

  1. Hola! Te invito a leer mi opinión de #LaIslaDelEscritor http://justbooksvenezuela.blogspot.com/2016/11/resena-la-isla-del-escritor-feliz-dia.html

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  2. Hola, Nikita. Es estupendo que hayas hecho una reseña de "La isla del escritor". En cuanto pueda lo compartiré en mis redes sociales.
    Un saludo.

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