domingo, 14 de agosto de 2016

Una ladrona muy gatosa



Hoy voy con el tercero  de los 52 retos propuestos por ELDE para 2016. Consiste en escribir una historia de suspense que empiece con la frase "Estoy de pie en mi cocina...".


Estoy de pie en mi cocina. Estaba durmiendo pero me he levantado de un brinco al oír unos ruidos extraños. He ido directa a por algo con que defenderme y qué mejor arma que mi cuchillo jamonero. Siempre fui muy miedica y más todavía desde que hace un par de años me atracaron a punta de pistola en plena calle. El tío no se cortó un pelo y eso que eran las tres de la tarde. Tras encañonarme me dejo sin blanca. El muy capullo antes de irse me dio un beso en la boca. ¡Puag, qué asco! ¿En qué estaría pensando el muy cabrón? Pero lo cierto es que desde entonces estoy traumada y cuando me quedo sola me figuro peligros por todas partes. 

Pero en esta ocasión no son imaginaciones. Algo se ha caído y seguro que no habrá sido de manera espontánea. Sonaba metálico y por la zona del sótano, así que me dirijo hacia allí blandiendo mi cuchillo. Justo cuando comienzo a bajar por las escaleras me asusto de nuevo. Otra vez esos ruidos extraños. Subo corriendo cerrando la puerta tras de mí. Pienso que mi ladrón, o lo que quiera que sea, es un patoso redomado. ¡Joder, no se puede entrar en una casa a robar y meter tanto jaleo! ¡Tío, que así te van a pillar fijo!

No sé qué hacer. Quizás debería dejar de investigar por mi cuenta y llamar a la policía. Pero no me decido: mi psicóloga dice que debo vencer el miedo, que de lo contrario jamás superaré la fase de estrés postraumático. Así que sigo contemporizando un poco más.

En eso que oigo unos gemiditos y el corazón me da un vuelco ¿Dios mío, quién se ha metido en mi casa? Sí. Lo he oído con toda claridad. Parece el llanto de un bebé, pero eso no puede ser, me digo a mí misma tratando de convencerme. ¿Qué loco se pondría a atracar una casa llevando un bebé consigo? Luego pienso que quizás el bebé ha sido secuestrado, que puede estar en peligro y me sale del alma bajar corriendo a salvarlo. Cuando estoy a mitad de las escaleras pienso que antes debía haber perdido medio segundo en dar parte de lo ocurrido. De esa manera la ayuda ya estaría en camino. ¿Quién  sabe qué amenazas nos aguardan al bebé y mí? No obstante, acuciada por la situación, prosigo.

Una vez abajo, mientras espero que mi vista se acostumbre a la oscuridad me guío por el oído. El corazón se me sale por la boca. No tengo ni idea de lo que puedo encontrarme aquí. En eso que soy ya la que tropiezo y organizo un estruendo enorme. De repente veo salir a toda velocidad a mi gatita Leila. Me doy cuenta de que está tan asustada como yo y me entra una risa floja. Pero me acerco un poco más al escondrijo de donde la he visto salir porque estoy intrigada. Quiero saber qué esconde con tanto recelo.

No puedo creer lo que veo. Acurrucados entre unas prendas de ropa vieja descubro cinco cachorrillos. Son tan chiquitines que ni siquiera tienen los ojos abiertos. Se parecen entre sí un montón y todos a Leila. Tienen su mismo pelaje gris.Y su maullido era lo que me tenía confundida. Nunca me había parado a pensar que se pareciera tanto al llanto de un recién nacido.  

Cojo en mis manos a uno de ellos y le dedico unos cuantos mimos. Ahora sí que me río con ganas, pero se me borra la sonrisa de golpe al preguntarme, llena de remordimiento,  qué clase de persona soy que no me di cuenta de que mi gatita andaba preñada. Aún más, cómo dejé que eso pudiera pasar sin poner antes ningún remedio. Eso sí: me alegro enormemente de no haber llamado a la policía. Aunque todavía me sonrojo de vergüenza pensando en el ridículo que hubiera hecho. ¡Si es que no tengo remedio! ¡A nadie le pasa lo que a mí!
 

No hay comentarios:

Publicar un comentario