lunes, 15 de agosto de 2016

Despedida (Ulises en la isla de Wight)





Este es mi relato para el proyecto Ulises en la isla de Wight.

Rod Carson llevaba ya muchos años en el candelero consagrado como estrella del rock. Nadie iba a disputarle su sitio en el Olimpo de la fama, pero no era esa la jodida cuestión. ¿Quería continuar con esa vida disipada? ¿Hasta cuándo? Eso era lo que se preguntaba mientras el reloj —no el tatuado en su antebrazo, de estilo biomecánico y tan realista que parecía que podía ver sus manecillas moverse, sino el de la pared del camerino— seguía avanzando. Ya se acercaba la hora de subirse al escenario para poner el broche final a la gira mundial que lo había llevado durante los últimos tres meses por todos los continentes. Esa noche era la despedida. Al día siguiente plegarían  bártulos y regresarían a casa.

«¿Qué casa?», pensó angustiado. Sí, tal vez seguiría teniendo una casa, pero a aquello ya no podría seguir llamándolo hogar. Por lo menos, no después de lo que acababa de pasar. Llevaba ya varios años con su novia y siempre había creído que un día formaría una familia con ella. En el futuro quizás, cuando hubiera sentado la cabeza y abandonado sus malos hábitos de una vez por todas. En contra de su costumbre, ella había decidido no acompañarlo esta vez. Eso ya tenía que haberle puesto sobre aviso, pero reconocía que no vio venir el golpe. Acaba de dejarlo por wasap, la muy puta. «A pesar de todo me gustaría que siguiéramos siendo amigos. Siempre podrás contar conmigo». Eso le había escrito para despedirse y, a continuación, le había puesto dos emojis: lanzando un beso y guiñando el ojo. Por ese orden. La cabrona podía haber esperado a hacerlo en persona. Pero no, su cobardía la había llevado a hacerlo interponiendo su smartphone y veinte mil kilómetros entre los dos.

Aunque despotricara, en el fondo era consciente de que no podía culparla por esa decisión. Al menos, no del todo. Se daba perfecta cuenta de que él había contribuido en gran medida al fracaso de la relación. ¿Cuántas infidelidades había terminado por perdonarle ella? Su excusa siempre solía ser la misma: las grupis se le echaban encima, lo perseguían, se aprovechaban de la situación. Al final lo hacía sin darse cuenta. Se dejaba llevar por las circunstancias. Aunque se arrepentía enseguida. Muchas veces iba tan colocado que ni siquiera recordaba lo sucedido. Después le juraba que su amor era para ella y solo para ella. Que aquella sería la última vez. ¡Cuántas mentiras…! En los momentos de sobriedad se avergonzaba de todas y cada una de ellas. Pero luego tomaba unas copas o se fumaba unos petas —con o sin su raya de coca, según se terciara— y se olvidaba de todas las promesas que le había hecho. Y todo volvía a empezar. Nunca había pensado en serio poner fin a sus adicciones, aunque también eso se lo había prometido un millón de veces. Otra de las muchas promesas incumplidas.

Pero que fuera ella la que cortara con la relación era algo que no se esperaba. La quería demasiado o tal vez solo la necesitaba. Qué más daba. El sentimiento de abandono era el mismo. El hecho de saber que era él quien se lo había buscado no mitigaba su dolor. Por primera vez se sintió protagonista de sus propias canciones, cuyas letras desgarradas hablaban de héroes solitarios, de perdedores, de inadaptados que casi siempre terminaban mal. Entonces volvió a recurrir a lo que sabía que lo calmaría. Tras encenderse un canuto y meterse una raya agarró también la botella de whisky y empezó a beber sin control. En unos minutos estuvo lo bastante puesto para que sus penas se disiparan y una sonrisa bobalicona asomase a sus labios. Ya no importaba nada. Todo fluía. La mente otra vez en blanco.

En la lejanía se oía las canciones de los Rock Pistons, el grupo que estaba actuando como telonero durante toda la gira. Cumplían a la perfección con la misión de enardecer al público para él. Cuando salía, ya todo era coser y cantar. Eran grandes chicos. Su música lo volvía loco. Ahora le estaba ayudando a evadirse de los problemas. No había nada mejor en la vida que un buen cuelgue.

—¡Sales en quince minutos! —le gritó el manager a través de la puerta—. ¡Prepárate!

—¡Sí, ya voy! —Esa noche, dadas las circunstancias, no le apetecía actuar. Pero sabía que era un ídolo de masas y se debía al público. Había que estar listo. Vivía para eso. Unos blue jeans rotos por varios sitios de manera estratégica y una camiseta negra de tirantes constituían sus signos de identidad. Siempre se vestía igual para cantar. Las camisetas tenía que comprarlas por docenas, ya que en cada actuación una de ellas terminaba hecha jirones. Esa costumbre, que provenía de la época de sus inicios, había terminado por establecerse como norma. Los fans no daban la actuación por terminada si no lo hacía y enseñaba el torso desnudo.

—Vale, no tardes. Están en la recta final.

«¡Espabila, tío!». Se daba cuenta de que no estaba en condiciones. Necesitaba otro chute de coca para  poder actuar. ¡Mierda! Ya no le quedaba. Aquello era un desastre. Si no se metía algo enseguida iba a terminar tirado en cualquier rincón porque la flojera se estaba adueñando de él. Miró la botella de reojo y se dio cuenta que se había tomado casi tres cuartos. Demasiado incluso para él. ¡No podía salir así al escenario!

Por suerte en el camerino —que era compartido— estaban también las pertenencias de los Rock Pistons. Alguno de ellos se había dejado la chupa y no dudó en mirar en los bolsillos. «¡Sí, estoy de suerte! ¡Te quiero, tío! ¡Seas quién seas!». Había encontrado un par de papelas. Desesperado como estaba pensó en meterse las dos de golpe. Ya lo había hecho otras veces y no le había pasado nada. ¡Uf! ¡Ya pensaba en el subidón que  iba a sentir! Claro, que siempre lo había hecho con mercancía de confianza. No sabía quién era su proveedor. ¡Pero  qué cojones! Esos tíos eran de fiar: su farlopa tenía que ser buena.

Le subió mucho más rápido de lo que habría esperado. ¡Eso estaba bien! El sopor comenzó a disiparse y creyó que enseguida estaría en condiciones para hacer la actuación más memorable de la gira.  Al final resultaba que la mierda era buena. Sintió una pequeña punzada en el pecho, pero no le  quiso dar importancia. Sin embargo, a los pocos segundos se repitió con más fuerza. Le dolía tanto que se quedó momentáneamente sin respiración. De repente las buenas sensaciones se esfumaron: el corazón se le desbocó y parecía que iba a explotarle de un momento a otro. Todo a su alrededor se volvió negro.

—Rod, sal ya que empiezas en cinco minutos —le dijo el manager.

Como no respondía espero unos segundos y volvió a llamarlo. Silencio. Insistió una tercera vez:

—¿Rod, por qué no contestas? ¿Qué coño te pasa? —Aporreó la puerta.—  ¿Abre de una puta vez? 

Como estaba cerrada por dentro tuvo que echarla abajo. Cuando al fin consiguió entrar se encontró  al cantante sin sentido y convulsionando en el suelo. Tenía los labios azulados y por la comisura de la boca le asomaba un hilillo de espuma blanca.

—¡Rod! ¡Rod! —Trató de reanimarlo mientras lo zarandeaba aún en el suelo.

Al ver que estaba inconsciente el manager no perdió ni un segundo más y avisó por teléfono a emergencias. Las asistencias llegaron muy rápido  y en unos pocos minutos se hicieron con la situación. Mientras aún sonaban en el ambiente las notas finales de la última canción de los Rock Pistons y el público enfebrecido esperaba en medio del delirio la actuación de Rod Carson, la gran estrella internacional del Rock, en una ambulancia camino del hospital, un equipo de anónimos sanitarios luchaba por mantener al ídolo con vida.

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