domingo, 19 de junio de 2016

Ya nunca seremos los mismos. Teresa


Esta semana estreno una columna quincenal en la página desfiosliterarios.com. Mi columna se llama Ya nunca seremos los mismos y me he estrenado con el relato Teresa, con el que qudé finalista en el I Certamen Nitecuento.                                           
                                                                               



Teresa

            Entró en casa y distraídamente se miró en el espejo del recibidor. No  es cierto que estos pantalones me hagan parecer gorda, se dijo a sí misma, aunque en su mente quedó sembrada una sutil duda. Rápidamente se dirigió a la cocina a merendar como hacia cada tarde cuando volvía de su clase inglés. Sentía un apetito insaciable, acorde con sus quince años y el refrigerio fue sin duda contundente: un vaso de leche con colacao, un cruasán con nocilla, y aún tuvo sitio en su estómago para alojar una tostada con mantequilla. Después,  plenamente satisfecha, se puso a  hacer sus deberes. Se acercaba junio y pensaba aprobar todas las asignaturas con buena nota, como había hecho siempre.

            Teresa era una adolescente como tantas otras. Alta de estatura. Su cara, de facciones regulares, aunque todavía aniñada y algo mofletuda, prometía ser en un futuro no muy lejano de una belleza serena. En ella destacaban sus grandes ojos, de color cambiante. Solían ser de color azul o verde, según la luminosidad del momento, pero cuando se enfadaba se tornaban, prodigiosamente, en   gris acerado. Una lacia melena castaña con reflejos rojizos, no hacía sino resaltar su mirada siempre inteligente y, por lo general, también, cálida y risueña. Su cuerpo en plena remodelación, se encontraba en esa fase del desarrollo, algo disarmónica, como a medio hacer, por la que pasan ciertas adolescentes, generalmente las que luego tendrán una figura más exuberante. Una etapa que no es sino un tránsito hacia un cuerpo pleno de mujer, pero que las hace sentirse mal consigo mismo mismas, diferentes a la mayoría de las chicas de su edad, que suelen presentar un aspecto mucho más infantil. Teresa no habría reparado en  ello si  Carmela  y Ana, sus dos mejores amigas, no se lo hubieran hecho notar. Desde hacía algún tiempo no paraban de bromear sobre su físico, diciéndole que como continuara creciendo a ese paso, ellas parecerían sus hijas, y no gustaría a ningún chico que fuera de menor estatura y corpulencia que ella.

            Teresa nunca se había tomado en serio las chanzas de sus amigas, pero ahora, comenzaba a pensar en ello con cierta frecuencia. Le gustaba un chico de su clase, Franc, pero este  parecía  ignorarla  totalmente. Sólo  tenía ojos para Luisa, una compañera de curso de aspecto  mucho más frágil e infantil. A pesar de los esfuerzos de Teresa para hacerse la simpática, y también, en ocasiones, la encontradiza, a lo largo del curso que iba a concluir pocas habían sido las ocasiones en las que había conversado con él. Le disgustaba pensar que tenía un largo verano por delante y no había avanzado nada en su amistad con Franc, y ¿si al curso siguiente ya no iban a la misma clase? No quería pensar en esa posibilidad, era demasiado angustioso, sería para ella como el fin del mundo.


            Estaba ensimismada en sus problemas de matemáticas cuando su madre la llamó para la cena.  Asear su cuarto, y poner y quitar la mesa eran las tareas que le su madre le tenía asignadas, además de  algún recado, que le mandaba de vez en cuando.
Mientras cenaban su madre le dijo que al día siguiente,  aprovechando que era sábado, irían a comprar todo lo que necesitaba para pasar el verano, pues debido al estirón que había dado era más que improbable que  le viniese alguna ropa de la temporada anterior.  La perspectiva  de salir de compras tenía un doble aliciente. Estrenar es algo fascinante si se es una chica de quince años, por otro lado, ir de compras sería una buena distracción, ahora que estaba en exámenes.

            Desgraciadamente, la experiencia que tanto prometía fue un auténtico desastre.
Habían recorrido todas las tiendas de la ciudad, incluidos los grandes almacenes, sin encontrar nada interesante. Las prendas que le gustaban a Teresa no se las podía poner ni con calzador, de pequeñas que eran las tallas, y aquellas otras, que su madre decía que le sentaban bien, no eran en absoluto de su agrado. Lo único que consiguieron fue una camiseta de algodón, unas bermudas y un cabreo fenomenal. Al llegar a casa, Teresa se encerró en su cuarto llorando, y ya no  quiso salir ni para cenar.

            Al día siguiente se despertó con algo de fiebre y las anginas inflamadas. Su  madre, que se sentía culpable por haber perdido los nervios la tarde anterior, le prometió volver a llevarla de compras todas las veces que hiciera falta, hasta  reunir su equipo de verano. Pero ella apenas prestó atención, pues se encontraba amodorrada por la fiebre, no se levantó en todo el día y apenas comió. 

            Le costó más que otras veces reponerse de las dichosas anginas. La fiebre  le duró bastantes días. Debido a la misma perdió completamente el apetito y el primer día que se levantó tuvo que hacer un gran esfuerzo para conseguirlo, por lo débil que se encontraba. Pero poco a poco fue cobrando fuerzas y más o menos a los diez días a partir de que cayó enferma pudo volver al instituto. Sin proponérselo, había adelgazado. Nada del otro mundo, tan sólo había perdido un par de quilos, pero eso unido a que también había dado un pequeño estirón, hizo que todo el mundo lo percibiera. Sus amigas, en la inconsciencia de la edad, lejos de reparar en su  cara, todavía pálida y demacrada por la reciente enfermedad, la encontraron estupenda, y Franc por primera vez parecía haber sufrido por   su ausencia, hecho que llenó de alegría a Teresa.

 Al poco tiempo se acabó el curso y como todos los veranos, en los últimos cuatro años, Teresa se disponía a pasar dos semanas en su campamento de verano. Ya tenía la maleta preparada, al final su madre había cumplido su promesa y el vestuario de Teresa se encontraba totalmente renovado. Todavía no había recuperado el peso perdido, si acaso había adelgazado aún más, a pesar de que su apetito seguía siendo tan voraz como siempre. Pero en su relación con la comida se había introducido, tan sutilmente que ni ella misma era consciente, un elemento nuevo y perturbador. A la satisfacción habitual, y por otra parte natural, que seguía al acto de comer,  se le añadía ahora un vago sentimiento de culpabilidad, quizá propiciado  por la necesidad de control sobre sus propias sensaciones, y quizá, también, por un rechazo inconsciente de su propio cuerpo, que estaba cambiando muy deprisa y lo encontraba, de alguna manera, ajeno y tosco. Así, cuando se sentaba  a la mesa, procuraba comer lo mínimo imprescindible para saciar su apetito, y la mayoría de las veces lo conseguía. Pero en algunas ocasiones algo iba mal. Ocurría justo lo que trataba de evitar, comía desmedidamente, hasta que ya no podía más. En esas ocasiones se sentía culpable, quizá de debilidad, de falta de autocontrol y su autoestima bajaba enteros. Se ponía de mal humor, y su vez trataba de mitigarlo  con un nuevo atracón, entrando en un círculo vicioso, que solía acabar con una vomitona, que parecía calmar todas sus tensiones y dejarlo, de nuevo, todo en su sitio.

El aire libre, el ejercicio y la comida de rancho del campamento,  tan poco apetitosa, también aportaron su granito de arena. Teresa regresó a casa con una figura todavía más estilizada. Ciertamente, se veía mejor. Hasta su madre, siempre preocupada por que comiera lo suficiente, no pudo por menos que alabarla y reconocer lo guapa que estaba. Y a partir de ese momento, Teresa, sin saber muy bien cómo, comenzó a asociar la sensación de hambre reprimida con el éxito y el reconocimiento.

Sintiéndose más segura de sí misma, se mostraba mucho más desinhibida con los chicos, y a estos parecía gustarles más esta nueva actitud. Ella, achacando este cambio, a su nueva imagen, en absoluto tan diferente como ella pretendía de la que presentaba tan sólo dos meses atrás, de alguna manera grabó en su mente de forma indeleble que antes muerta que gorda. Y comenzó a aplicarse la regla a rajatabla.

Por otra parte, se había exacerbado la naturaleza, ya de por sí soñadora de Teresa. Aunque desplegaba una gran actividad a lo largo del día, había momentos en que su espíritu era arrebatado hacia países recónditos que nada más que existían en su imaginación, donde  recreaba un mundo a su medida, donde carecía de limitaciones y todo era posible. Su madre, cuando la sorprendía en ese estado de trance, como ausente, quedaba completamente desconcertada, sin saber que hacer. Pero al momento se decía a sí misma que eran cosas de la edad y que ya pasarían, y con eso se tranquilizaba.

Y así, con Teresa cada día un poco más delgada y más ausente, fueron pasando los meses y llegó el comienzo del nuevo curso. Sus peores auspicios se hicieron realidad. Franc  no sólo no iba a su clase, sino que ni siquiera iba a su instituto. Se había mudado de ciudad, decían. Eso sumió a Teresa en una terrible desesperación. Bueno, no era desesperación únicamente, es que también se sentía culpable por no haber sabido llamar su atención cuando había tenido la oportunidad. Se decía a sí misma con amargura que finalmente sus amigas iban a tener razón. Si se hubiera dado cuenta antes de lo gorda que estaba, si hubiera puesto remedio a tiempo... y  este pensamiento pasó a acaparar por completo su mente, convirtiéndose en una auténtica obsesión  y sumiéndola en un mutismo y aislamiento cada vez  mayores.

Pero sus amigas no podían entender por qué Teresa estaba últimamente de un humor tan agrio. Ella que siempre había sido de carácter afable, precisamente ahora que estaba imponente, que traía a todos los chicos de calle, se mostraba tan arisca. Sí, sabían lo de Franc, pero al fin y al cabo tampoco tenía nada de extraordinario, habían un montón de chicos tan buenos sino mejores que él. Hacían lo imposible por animarla, pero Teresa se sentía cada vez más distanciada de ellas, y las encontraba cargantes, con tanta solicitud, cuando lo único que quería era que la dejaran en paz.

De esta manera, se buscó un sinfín de actividades extraescolares: inglés, ballet, fotografía; cualquier cosa con tal de llenar sus tardes y tener una buena excusa para no ver a sus amigas nada más que el fin de semana. Salían el sábado y el domingo por la tarde. Si hacía buen tiempo solían pasear, conformándose con mirar los escaparates y reprimiendo el afán consumísta a causa de su escaso presupuesto, pero cuando el frío arreciaba o hacía mal tiempo no les quedaba más remedio que ir al cine o bien se metían en una cafetería donde merendaban y se hacían confidencias en torno a la mesa y un batido de cacao bien caliente.

 Hacía tiempo que Teresa asistía a esas sesiones de terapia  adolescente imperturbable, sin abrir  apenas la boca, y con la mirada perdida vagando en el infinito. Por eso, Ana y Carmela se sorprendieron cuando en una tarde de domingo de mediados de enero Teresa dijo –Mañana no voy a ir al instituto, mi madre me llevará al médico. Hace tres meses que no tengo el periodo. La reacción no se hizo esperar. –¿No estarás embarazada? –Preguntaron entre risas  Ana y Carmela–. Teresa, absolutamente desolada por la incomprensión de sus amigas, se echó a llorar. Aunque ella tampoco comprendía lo que le estaba sucediendo últimamente. Sabía que no había motivo alguno, pero se sentía muy infeliz, completamente aislada,  como si se hubiese cortado una especie de hilo invisible que la uniera con el resto del mundo, y ya, aunque quisiera, sentía que no podría restablecer la comunicación nunca más. Iría vagando a la deriva sola, sin encontrar un alma amiga que la supiera comprender.

Cuando su madre decidió tomar cartas en el asunto, Teresa había perdido más de diez quilos. Estaba francamente delgada. Comía poquísimo, había días que pasaba con tan sólo una manzana o un yogur,  y cuando su madre la forzaba lo más mínimo, vomitaba al instante, pero eso no era lo peor. Esta nerviosa e irritada, siempre con las uñas preparadas, como un gato huraño. Apenas quedaba rastro de la niña alegre y dulce que había sido hasta hacía tan poco. Estaba muy preocupada, y ya, cuando se cercioró de que Teresa estaba tres meses sin  tener la regla, comprendió que había tardado demasiado en darse cuenta del problema. Teresa, por su parte, no daba su brazo a torcer. –Estoy bien –decía–. Me encuentro perfectamente. No entiendo por qué tengo que ir al médico si no estoy enferma, y lo del periodo no puede ser tan importante, al fin y al cabo hay un montón de chicas de mi edad que aún no lo tienen –respondía exasperando a su madre.

No obstante todas sus reticencias, Teresa fue a la consulta del Dr. Ortega, el médico de la familia de toda la vida, que le hizo una exploración exhaustiva y escuchó pacientemente a ambas, madre e hija. Después, solicitó unos análisis e hizo que saliera Teresa con la enfermera para pesarla y medirla –para la ficha– dijo. Aprovechando esos instantes a solas con su madre, el Dr. Ortega le dio a ésta su primera opinión:  –Señora, su hija, si no me equivoco, presenta un cuadro de anorexia. Supongo que habrá usted oído hablar de esta enfermedad, tan en boga hoy día. La madre de Teresa asintió gravemente con la cabeza, tras lo cual prosiguió el doctor. –Si  es así, tendrá que ponerse en manos especializadas. Vuelva cuando tenga los análisis, pero no traiga a Teresa, así podremos hablar con mayor libertad. Justo cuando acababa de decir las últimas palabras entraban por la puerta Teresa y la enfermera. –Jovencita –volvió a hablar  el doctor tratando de dulcificar un poco su adusta expresión– estás en edad de crecer y debes alimentarte bien. Ya me pondré en contacto con tu madre, para darle instrucciones,  mientras tanto procura hacerle caso –y dándoles la mano  cordialmente las despidió.
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La madre de Teresa salió un momento de la habitación. Necesitaba un poco de aire fresco. Todavía no podía creer lo que estaba sucediendo. Los acontecimientos se habían precipitado de forma inesperada. Hacía ya unos meses que habían diagnosticado  la enfermedad de su hija, y desde entonces, lejos de mejorar, la situación no hacia sino agravarse día a día. Teresa no confiaba en nadie, no admitía los tratamientos, no se reconocía enferma, ni tan siquiera el día que la llamaron del instituto porque se había desmayado. Su madre cogió un taxi y la llevó urgencias, allí le tomaron la tensión y le hicieron análisis..., le dijeron que había que ingresarla. Estaba peor de lo que pudiera parecer a primera vista. Le dijeron que la anorexia era una enfermedad grave, muy traicionera. Algunas chicas morían inexorablemente y en algunas más la enfermedad persistiría de forma crónica durante muchos años. Esperaba con todo su corazón que Teresa fuera de las privilegiadas que conseguían curarse por completo. Pero ahí estaba, tres semanas en el hospital y no la habían hecho engordar ni un gramo. La madre de Teresa no pudo reprimir el llanto y comenzó a sollozar ruidosamente. Era la primera vez que se lo permitía desde que Teresa estaba ingresada. No se había separado de ella ni un momento. Pero ahora ya no podía más, necesitaba un respiro. Su pobre niña estaba en la cama, consumida por una cruel y caprichosa  enfermedad  que nadie parecía entender bien y ella no podía hacer nada, salvo contemplar desde la grada como se libraba el combate.

El aspecto de Teresa había cambiado mucho en los últimos meses. Ya no era la joven atractiva de los primeros tiempos en que comenzó a adelgazar. Ahora, por más que se negara a reconocerlo, su cuerpo no era más que un montón de pellejos y de huesos. En su rostro,  no hacia tanto sonrosado, pero ahora, pálido y macilento, destacaban oscuras ojeras bordeando sus ojos, que aunque conservaban su mágico color de siempre, habían perdido la calidez  y profundidad de la mirada que era ahora acuosa y desvaída, perdida, como si nada ajeno a ella fuese capaz de llamar su atención. En su expresión se leía un abandono total de sí misma, se había transformado un espectro vencido por la enfermedad. Los médicos, cada mañana la conminaban  a que se resistiera a la muerte –está en tu mano, Teresa– le decían. Pero Teresa permanecía ajena a todo lo que le rodeaba. Estaba en un estado casi incorpóreo, casi místico, se veía a sí misma como un espíritu  etéreo, y  pasaba los días en continuas ensoñaciones, favorecidas, sin duda por su estado de debilidad. Las visiones variaban, pero siempre le transmitían un estado de profunda paz. A veces era un gigantesco desierto de arena, donde el viento gemía suavemente,  y donde las dunas iban cambiando de forma imperceptiblemente pareciendo siempre iguales, pero siendo siempre diferentes, eternas en su aparente inmutabilidad. Otras veces no veía nada, pero escuchaba una música armoniosa, que la atraía hacia abismos insondables, en los que no existía el tiempo ni el espacio, y todo era llenado por el dulce sonido  de unos instrumentos desconocidos. Otras veces  sentía que su leve cuerpo se expandía hasta el infinito fundiéndose con él, y no es que sintiera paz, sino que ella se transformaba en la paz misma y entonces perdía la conciencia de su propio ser.
Teresa ya no se levantaba de la cama. Cada día pasaba menos tiempo consciente y ya no hablaba con nadie, ni siquiera con su madre. Los médicos habían hablado muy claro. Si renunciaba a vivir, nadie podría ayudarla. Estas palabras habían sido como un mazazo para la madre de Teresa, que veía como las esperanzas de que su hija sanara se iban esfumando y sentía la presencia de la muerte con una fuerza cada vez mayor.

Estaban otra vez en junio. Había pasado ya un año desde que Teresa comenzara con su enfermedad. Llevaba un tiempo estacionaria. La enfermedad no avanzaba, tampoco mejoraba la paciente. Cualquier cosa podía suceder. Los padres de Teresa se encontraban en estado de ánimo oscilante, tan pronto se sentían esperanzados y soñaban con la vuelta  al hogar con su hija, otra vez, rebosante de salud,  como de repente les acometía una gran desazón y se ponían a esperar, ya resignados por tantas semanas de incertidumbre, el fatal desenlace. Teresa, mientras tanto, no parecía ser consciente de la tensa expectación  que despertaba. Al menos estaban seguros de que no sufría. Pero ella tan sólo soñaba con su mundo fantástico. Envuelta en las densas brumas de su imaginación, de vez en cuando oía la voz de su madre o escuchaba en un eco lejano la penetrante voz de su padre, y esas presencias familiares, aunque las percibía lejanas, daban algo de calidez a su plácido pero gélido mundo interior, y de alguna manera lo complementaban.

Un día en que navegaba en un mar de calma, vio a lo lejos una especie de torbellino que se levantaba hacia los cielos, y se sintió atraída hacia él por una fuerza intensa que provenía e su interior. Sin poderlo evitar, Teresa iba directa hacia el vertiginoso centro del tornado, o lo que quiera que fuese, y su madre, aunque la tenía cogida de la mano no podía retenerla y la llamaba desesperadamente. Teresa, de pronto se sintió envuelta por esta fuerza prodigiosa que la lanzaba hacia arriba en una espiral sin fin, y de repente se vio a sí misma, tendida en la cama como muerta, y a su madre sollozando en un rincón de la habitación mientras un montón de médicos y enfermeras se encontraban  sobre ella, sobre la Teresa de la cama, intentando reanimarla. ¡Entonces, era cierto! Se moría... Pero no podía dejar a su madre tan desconsolada, además la llamaba con tanta desesperación, con tanta ternura, con tanto amor... La imagen de su madre, avejentada por el sufrimiento, vencida por el dolor, era como una moderna “piedad”. Si Miguel Ángel viviera en la actualidad la hubiera representado así. Teresa, en el lugar incierto que en que se encontraba, en ese punto indefinido entre la vida y la muerte, más allá del cual, el retorno ya no es posible, se sintió conmovida en lo más íntimo de su ser. No se resignaba a irse para siempre y dejar a su madre en ese estado de desconsuelo. Quería seguir oyendo su voz, seguir  viendo su imagen. Se dio cuenta que no sabía lo que había más allá del umbral que casi había traspasado, seguramente la nada, el vacío, el no ser. Nada de sufrimiento, pero también, nada de placer. Entonces vaciló, no supo si quería continuar, y sin saber cómo, se volvió a encontrar tendida en la cama. Ahora ya no veía a nadie, pues tenía los ojos cerrados. Pero oía las voces del equipo médico a su alrededor  y sentía como manipulaban su cuerpo, como se esforzaban, tratando de devolverle esa vida que por unos breves instantes la había abandonado –Ya, ya reacciona- dijo alguien.  –Menudo susto que nos ha dado –se oyó otra voz, y por último otra más lejana en el espacio, pera la más cercana a su corazón musitaba con alivio un sofocado ¡Gracias, dios mío!     
                     
Después, el médico de guardia explicó a la madre de Teresa, que había sido una parada cardíaca, y que cuando habían perdido la esperanza, cuando parecía que la perdían definitivamente, sin razón aparente, había vuelto. –Quizá –concluyó el doctor, con una viva  satisfacción reflejada en el rostro –las ganas y la voluntad de vivir hayan vuelto a Teresa.

                                  
    
                                  



                                            

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