viernes, 1 de abril de 2016

La luna en agosto Capítulo I



- I -

Alicia paró su coche tan pronto como pudo en el arcén. Suerte había tenido de poder detener el automóvil sin sufrir males mayores. No obstante, se sentía irritada por el contratiempo que acababa de sufrir y que trastocaba por completo todos sus planes. Por eso no pudo reprimir un «¡mieeeerda!» que escapó en voz alta de sus labios, al tiempo que daba un puñetazo rabioso en el salpicadero.


El imbécil del todo terreno, que la había adelantado de esa forma tan temeraria, había estrellado por accidente un gran guijarro sobre su luna delantera. De repente, había sentido un ruido fulminante, como un disparo, y del centro del impacto, sobre su parabrisas, surgieron al instante mil rayas, como una estrella, que le impedían la visibilidad y la obligaban a detenerse.

A pesar de su afán de cortar lazos con el mundo, y en contra de su impulso inicial, no había prescindido de su teléfono móvil, decisión por la cual, ahora se alegraba hasta extremos inimaginables. Lo encendió y vio,  no sin cierta sensación de fastidio, que tenía un montón de mensajes, todos ellos procedentes de un único contacto. Por el momento, prefirió seguir ignorando el contenido de los mismos.

Agradeció al dios de las telecomunicaciones el hecho de  poder contar con una buena cobertura y realizó la llamada al número de la asistencia en carretera, procurando dar su situación al empleado que la atendió de la forma más exacta que pudo. Este le contestó que le enviaría una grúa lo antes posible. Sin embargo, dado el lugar tan remoto en que se encontraba, no le podía siquiera aproximar el tiempo que iba a tardar.

Resignada a esperar lo que hiciera falta, Alicia cogió la botella de agua, en la que por suerte aún se encontraba la mayor parte de su contenido, y  bajó del coche para resguardarse del ardiente sol veraniego bajo la sombra del único pino de buen tamaño que encontró en las proximidades.

Era media tarde y aunque hacía bastante calor, se había levantado una fresca brisa que arrastraba algunas nubes consigo y que traía por adelantado los aromas del otoño; y eso, que quedaba todavía mucho verano por delante. Ahora, encallada en aquella carretera desierta, a merced de que vinieran a rescatarla y bajo el riesgo de tener que pasar una noche a la intemperie, comenzaba a dudar de que hubiera sido una buena idea el viaje que acababa de comenzar.

Era cierto que las cosas con Ignacio no marchaban bien, sobre todo desde que comenzó a sospechar que había otra; bueno, más que una sospecha, era casi una certeza. Reconocía que su actitud había sido poco inteligente, y demasiado visceral, también. Corroída por los celos, se había dedicado a hacerle la vida imposible, intentando controlar todas sus llamadas, todas sus idas y venidas, sometiéndolo a interminables interrogatorios, en los que tan solo obtenía de él un terco silencio,  al que seguía, en la mayor parte de las ocasiones, una violenta discusión.

La de hacía dos días había sido la definitiva. Ignacio se había marchado dando un portazo y no había vuelto a saber de él, salvo por los mensajes telefónicos, todos ellos de ese mismo día, que acaba de ver en su teléfono.

Este era el motivo por el que Alicia, indignada, había decidido, a su vez, poner tierra de por medio, e ir a visitar por sorpresa a su amiga Lola, que tantas veces y con tanta insistencia,  la había invitado a la casa que tenía en la sierra, donde solía pasar la mayor parte del verano.

—Si te decides, serás bienvenida —le había dicho en la última ocasión en que se habían visto, a finales de junio.

Y a Alicia, que de repente sentía que había perdido el norte, le pareció una magnífica idea tratar de salvar los restos del naufragio en que se había convertido su vida, en la soledad y el retiro que el refugio de su amiga le ofrecía. No había querido avisar a nadie de su partida. Se encontraba, por tanto, perdida en una carretera de mala muerte y tan solo su compañía de seguros estaba al tanto de lo ocurrido.

Desde luego, no era una situación como para dar saltos de alegría; aun así, prefería seguir manteniéndolo en secreto, si bien tenía que reconocer que le daba mucho gusto imaginar a Ignacio, aunque fuera por una vez, desolado por su ausencia y removiendo cielo y tierra para encontrarla.      

Mientras iba pensado todas esas cosas se habían callado las chicharras y había comenzado  a anochecer. Llevaba esperando un buen rato. Ya eran las nueve pasadas. El aire se había tornado un poco más fresco y comenzaba a sentir algo de frío, de modo que volvió al coche en busca de cobijo.

Encendió la radio y tras varios intentos fallidos consiguió sintonizar una emisora en la que sonaba la voz de Serrat entonando una nostálgica y triste canción: «... llueeeeeeve, detrás de los cristaaaaaales, llueve y llueeeeeeve sobre los chopos medio deshojaaaaaados, sobre los pardos tejaaaaaados, sobre los campos llueeeeeve…»


Seguía en pleno ataque de melancolía cuando, de pronto, vio aproximarse por el retrovisor a un vehículo grande. «Estoy salvada», pensó con alivio.

En efecto, se trataba de su grúa que estacionó delante de ella. Después, bajó el operario, un hombre de mediana edad, rondando el metro ochenta de estatura. Era tirando a delgado, aunque tenía la barriga algo prominente. Su fisionomía, no obstante, era anodina, sin ningún rasgo remarcable, a excepción  de una calva esplendorosa y una descuidada barba entrecana  de tres o cuatro días. Vestía el típico mono azul, bastante rozado en cuello y mangas y con algún que otro lamparón atribuible al noble desempeño de su oficio, pero que, con la luz crepuscular, quedaba disimulado.

Le tendió a Alicia su manaza, al tiempo que se presentaba. Ella correspondió al contundente saludo de forma cortés, aunque con cierta indiferencia. A continuación, intercambiaron unas breves palabras, tras las que él se dispuso a cargar el coche.

Todavía tardó unos minutos en terminar con la operación. Después la ayudó a subir a la cabina, y tras dar la vuelta, partieron hacia Fontina, último pueblecito por donde había pasado Alicia unos minutos antes de sufrir el percance y al que no le hacía demasiada gracia volver. Sin embargo, no tenía elección. El siguiente lugar habitable, Valdetoro, se encontraba a unos cincuenta kilómetros y la carretera era pésima. El gruista no había querido siquiera contemplarlo como una opción.

—Aún ha tenido usted suerte —le confió en un alarde de sinceridad al verle el gesto contrariado—. Normalmente no hay grúa en Fontina, de no haber estado allí, hubiera tenido que esperar a que la recogieran desde Valdetoro y no le habría quedado más remedio que pasar la noche en el coche.

Dada las circunstancias, Alicia, con su paciencia ya agotada, se dejó conducir hasta Fontina sin poner más impedimentos. Para cuando llegaron era noche cerrada. El ambiente se había tornado ventoso y desapacible, y presagiaba tormenta.

Paco, que así se llamaba el hombre, descargó el coche a las puertas del taller, que ya se hallaba cerrado, dado lo tardío de la hora. Tras ayudarla a recoger sus cosas, se ofreció a acompañarla al hostal donde él se alojaba, que, además, era el único existente en la pequeña localidad. Tardaron menos de diez minutos en completar a pie el recorrido.

—¡Marííía!, ¡Marííía!, ¡aquí te traigo una nueva clienta! —bramó al entrar en la posada.

La dueña, que estaba repasando con la cocinera los últimos detalles del menú del día siguiente, acudió con prontitud al mostrador.  Era una mujer mayor, aunque de edad indefinida, bastante enjuta, de rostro algo apergaminado. Sin embargo,  sus ojos eran cálidos y vivarachos y su sonrisa afable. Se desvivió por atender a Alicia.

—¿Ha cenado usted ya? —le dijo solícita tras el mostrador.

Alicia puso a la mujer en antecedentes de lo sucedido y esta, a su vez, le ofreció una cena fría, ya que la cocina hacía bastante rato que estaba recogida.

Cenó sin demasiado apetito, ya que se encontraba algo destemplada por los nervios pasados, pero notó como se le iba entonando  el cuerpo mientras comía y, sobre todo, con el vaso de leche con cacao que le sirvió tras los postres.

Ya rendida, subió a su habitación, que la pareció algo pequeña y desaliñada bajo la mortecina luz de la lámpara.  A pesar de ello, las sábanas se veían limpias, con aspecto fresco, y la cama  la invitaba a echarse en ella, cosa que no dudó en hacer.

Se durmió de puro cansancio conforme se acostó, pero su sueño fue inquieto. Estaba intranquila por todo lo acontecido, y no paraba de dar vueltas en la cama. Se encontraba en ese limbo por el que todos hemos pasado alguna vez, ese duermevela, esa frontera entre el sueño y la vigilia, en la que somos conscientes de que dormimos y por lo tanto no estamos del todo dormidos. La violenta tormenta, que se desencadenó en plena madrugada, se introdujo de forma subrepticia en su sueño, contribuyendo a hacerlo todavía más desasosegado.

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¡Sííí, quiero la novela ya!








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