miércoles, 28 de diciembre de 2016

Drama en el cajón del pan (broma literaria)




Hoy,que es el día de los inocentes, he querido compartir con vosotros este pequeña broma literaria, este microrrelato surrealista que he titulado Drama en el cajón del pan.
 
Abro el cajón del pan y ¿qué me encuentro?: ¡De nuevo a la vecina! ¿Pero cómo, otra vez usted aquí? ¿Es que acaso no puede buscarse otro cajón para dormir? Parece que siempre tiene que fastidiarme a mí, ¡ea! ¿Por qué no prueba de vez en cuando a meterse en el cajón de la del tercero B? Si le pilla mucho más cerca de su casa, mujer… Así, me dejaría descansar a mí de vez en cuando y no estropearía siempre mi pan, que ya no sé ni dónde ponerlo. Y eso cuando no se lo come todo, que yo no sé dónde se lo mete, que parece que no le hace ningún provecho porque sigue igual de canija que siempre. El próximo día lo dejo guardado directamente en su cama y así todos tan contentos, a ver qué dice entonces su marido. Además, ¿no se da cuenta del gran peligro que corre? Es usted una inconsciente total. En una de estas llega alguno de los tragaldabas de mis hijos y se la merienda junto con un cacho de pan en menos que canta un gallo. Y encima ni se enteraría. ¿Qué haríamos entonces? Ni siquiera podríamos darle un entierro digno, porque no quedaría ni un pedacito de su persona que enterrar. ¡Menuda tragedia, por Dios! Y por ahí sí que no paso, no señora, no. Así, que sea la última vez que la pillo haciéndose la siesta en mi cajón del pan. Se lo advierto muy seriamente. Si lo vuelve a hacer pondré una queja en toda regla al presidente de la comunidad, que ya se encargará de cantarle las cuarenta en bastos y no digo más.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Segundo podcast de La biblioteca



Hoy quiero traeros al blog el segundo podcast de La biblioteca, con los siguientes bloques:

  1. 4'10" Charla con Sol Taylor, especialista en diseño editorial 
  2. 1h21' Análisis sobre Las cosas profanas. Agnóstica, de Antonio Samons, con la colaboración de Javier Giménez. 
  3. 1h52' Recital de poemas de Avelina Chinchilla (o sea, yo). 
  4. 2h14' Sorteo de un vale de descuento en LibrUp y un ejemplar de El falso Da Vinci por cortesía del autor.
Si quieres autopublicarte no puedes dejar de escuchar la entrevista con Sol Taylor, porque ella sabe bien de qué habla y da consejos muy prácticos. La charla que mantienen después Jaume Salvà y Javier Giménez acerca la novela Las cosas profanas. Agnóstica te dejará con ganas de leerla. 
La tercera parte consiste en un pequeño recital de algunos de mis poemas (que declamo yo misma). 
Ya, por último se dicen los gandores del sorteo del podcast anterior.

Para participar en este, tan solo tienes que comentar en ivoox.

Para acceder al contenido pincha aquí.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Corazón no encuentra corazón



 
Añoro tu cuerpo anhelando el mío.
Me pesa esta soledad de vivir
a tu lado pero sin ti.
Quiero rebelarme, gritarte fuerte,
pero mi voz no suena,
se pierde en el vacío
y temo que nunca
podrá llegar a tus oídos.

Si yo no fuera muda y tu sordo
tal vez, te diría lo mucho que aún te amo,
y tú todavía serías capaz de responderme:
«yo también te quiero, vida mía».


Esta noche solo quiero dejarme querer
enredarme en tus brazos y perderme,
fundirme en el calor de tu cuerpo
y dejar el tiempo caer en el olvido.

¡Pero hay tanto helor esta noche en tu abrazo!
Porque me hielo por dentro busco tu calor,
pero sólo encuentro más frío entre tus brazos.


Audio


domingo, 4 de diciembre de 2016

Sorteo ejemplar de La luna en agosto y Paisajes propios y extraños


Hola, amig@s:
Qué  mejor regalo para estas navidades que los libros. Fiel a esta filosofía voy a sortear el día 30 de diciembre dos de mis libros: La luna en agosto y Paisajes propios y extraños.





Los requisitos para participar son:
  1. Seguirm en el blog o en Google Plus.
  2. Dejar un comentario en esta entrada expresando el deseo de participar en el sorteo.
  3. Residir en España o tener un dirección en España donde poder recibir los libros
La persona agraciada recibirá los dos libros en la dirección que me facilite, tras ponerse en contacto conmigo cuando sepa que ha resultado premiada. Por su puesto, enviaré los libros firmados y dedicados.

Una cosita más. Como estoy muy cerca de las 10.000 visitas en el blog, si llegara a esa cifra antes del 30 de diciembre en lugar de un ganador, serían dos. 

Animo a todo el mundo a participar.

Ua abrazo y Feliz Navidad




 
Por tanto, la ganadora es Ana, Enhorabuena


Aquí tenemos a Ana vigo con los dos ejemplares. ¡Dísfrutalos!

jueves, 24 de noviembre de 2016

La luna en agosto (Capítulo II)





-II-
Alicia se despertó temprano pero se quedó remoloneando durante un buen rato antes de levantarse. Todavía se encontraba muy cansada ya que su sueño había sido poco reparador. Cuando al fin consiguió abrir los ojos se encontró en un espacio bastante agradable. La habitación era pequeña pero con la luz del nuevo día se veía coqueta y acogedora, a pesar de su aire sencillo y rústico, y la desagradable impresión percibida la víspera quedó desvanecida por completo.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Nuevas presentaciones de Playa de Ákaba


Estamos en el penúltimo mes del años, pero Editorial Playa de Ákaba continúa con su actividad frenética (y yo también con ella). Esta semana os traigo presentaciones de nuevos libros. 
El jueves 24 de noviembre a las 19:00 en la biblioteca municipal Eugenio Trías de Madrid se presentarán El oasis de los miedos (antóloga Rosa de Mena) y Personajes de novela (antóloga Belén Rodríguez Patiño).

Al día siguiente,  en la Universidad Carlos III de Madrid, en el campus de Getafe, a las 19:30 de la tarde tendrá lugar la presentación de Escúchame no me silencies (antólogo Elías López de la Nieta).

Yo participo en estos proyectos con tres relatos y aunque no podré asistir a las presentaciones deseo a mis compañeros un gran éxito.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Rosabella




Rosabella era una mujer entrada en años. Enjuta y marchita desde siempre, sin un atisbo de belleza, aunque fuera pasada, como si nunca hubiera disfrutado de juventud. Vivía sola en un humilde piso del extrarradio, de esos que aún quedan de renta antigua, y apenas se relacionaba con alguna  vecina porque no se le conocían amigas ni ningún otro tipo de relaciones personales.

Hacía muchos años que enviudó, cosa que no le hubiera importado demasiado de no quedar mermados sus ingresos al pasar a la condición de pensionista, porque lo cierto es que nunca amó a su difunto marido. Se casó obligada por sus padres con el primer pretendiente que se le presentó, ya que dada su fealdad y carencia de simpatía no quisieron desaprovechar la ocasión, temiendo que no le volviera a surgir ninguna otra.

Nunca llegaron a tener hijos, lo cual fue una bendición para esos retoños no nacidos, ya que su falta de instinto maternal quedó bien patente las pocas ocasiones en que recibió alguna visita infantil. Sin embargo, el hecho de no tener familia propia había sido un motivo de oprobio para su marido y siempre lo consideró como un fracaso personal. Pero se resignó a ello cuando vio que los años pasaban y el hijo deseado se negaba a llegar. «¡Estará de Dios!», se decía resignado.

A pesar de la aversión que Rosa siempre tuvo hacia él, lo cierto es que siempre se comportó como un buen marido. La amó discretamente, aunque sin demasiados alardes de pasión y siempre la respetó, sin reparar demasiado en el trato vejatorio que ella con frecuencia le propinaba. 

Sin embargo, con el pasar de los años, Rosabella fue olvidando lo mucho que lo despreció en vida. Comenzó a sentir una extraña añoranza por él y el deseo de que se reunieran en la otra vida. De este modo, una noche se durmió, tras abrir la espita del gas, con la intención de no volver a despertar, para poder reencontrarse con él. «Es la única persona a la que le he importado», se dijo con una gran dosis de lucidez y realismo la víspera, antes de acostarse. 

No obstante, su deseo se cumplió tan sólo de manera parcial. Es cierto que no volvió a despertar jamás, pero tampoco encontró nunca a su añorado esposo, ya que este, en cuanto comprendió que la fallecida deseaba reunirse de nuevo con él, se las arregló para reencarnarse en una nueva vida en la que ella no tuviera  cabida alguna.

 

domingo, 6 de noviembre de 2016

La luna en agosto en Cyclon'16


Hoy quiero hablaros de de Cyclon 16, un festival literario de Castilla-León con presencia de los géneros fantástico,  ciencia-ficción, o de terror.
Se celebrará los días 12 y 13 de noviembre en las instalaciones de la Feria de Valladolid (Avda. Ramón Pradera, 3 - 47009 Valladolid).
Asistiran numerosas librerías, asociaciones y escritores de dichos géneros narrativos. 
Mi novela La luna en agosto  estará en el stand de la Sociedad Coooperativa de Escritores independientes (@EDICIONES PROUST) y de la Asociación Internacional de Escritores Independientes (@AIE_INDIES).

Aunque no se ajusta demasiado a ninguno de los géneros del festival, ya que cómo sabéis es de temática romántica, no he querido perderme esta oportunidad. 

Por si alguien no puede ir y aún así desea conseguirla en papel puede hacerlo pichando aquí.  Y eso no es todo. No quiero marcharme sin presantaros el nuevo Club de la lectura, si es que todavía no lo conoceis. No os lo perdais, ya que si compráis los libros del catálogo podéis optar a muchos premios.



 

martes, 1 de noviembre de 2016

Tanta paz




Nunca había contemplado tanta paz en su rostro
cómo en aquel momento en que nos dio su adiós.
Se fue silencioso, como una apacible tarde de verano
dando su bienvenida a la gris penumbra;
como una hoja al caer en otoño
mecida con dulzura por la suave brisa;
como un niño sigiloso cometiendo su travesura,
escabulléndose para no ser descubierto;
como el sueño apacible de un bebé recién comido,
feliz y satisfecho al arrullo de su madre.
Las sombras penetraron en la alcoba
con la cautela de un ladrón de guante blanco,
como un tigre al acecho de su presa y él…
él cayó en brazos de la negra noche de la muerte.

sábado, 29 de octubre de 2016

La luna en agosto firmada y sin gastos de envío


Que vives en España. Ahora puedes tener mi novela La luna en agosto en papel firmada y sin gastos de envío  poniéndote en contacto conmigo a través del formulario de contacto del blog.
También  la  puedes adquirir en la librería LibrUp de Barcelona (en este caso sin firmar)la editorial Círculo Rojo (con los gastos de envío concertados).  

Vives en el extranjero pero no quieres renunciar a ella: la puedes conseguir a través de Amazon. El único inconveniente es que no te la podré dedicar. I'm sorry.

Que la prefieres en ebook. No hay problema, la podrás leer en un clik, ya que en  Casa del Libro y El Corte Inglés la tienen en formato Tagus.  También a través del Club de la  lectura donde prodrás participar en fantásticos sorteos.



Feliz lectura

Tal vez sí, tal vez no



Lo pensó o no lo pensó. Era difícil saberlo. Aparentemente estaba en calma. Su sueño era plácido, por el efecto de la morfina, aunque se estaba ahogando, con los pulmones encharcados de su propia sangre.

Tal vez lo recordó o tal vez no. Esos primeros años de su infancia en el pueblo, donde era tanta el hambre y la miseria, que hizo emigrar a toda la familia a la capital en busca de un futuro mejor.

Quizá pasó por su cabeza, o no. Aquellos años difíciles de la posguerra, en los que todo estaba racionado, desde el pan a la electricidad. Esos tiempos en los que salían cada día, su padre y él, a buscarse la vida en un sentido literal. Sin saber si comerían o no, sin saber qué peonada harían o qué campo espigarían.

Tal vez recordó el día en que murió su padre, que tuvo que vender el burro para pagarle el entierro, que, con diecisiete años se había quedado solo en su papel de cabeza de familia, o las noches larguísimas en las que estudiaba hasta la madrugada, hasta que la sensación de hambre se lo permitía, después de un duro día de trabajo, a la luz de un candil –por los cortes de suministro eléctrico- y con una manta cuartelera enrollada en las piernas para engañar el frío, o las crueles chanzas en los tribunales, cuando lo veían tan talludito él, con ese aspecto de hombre hecho y derecho que siempre tuvo, en los exámenes libres del bachillerato.

No, su vida no había sido fácil. Había pasado de cuidar a su madre y sus hermanos, él era el mayor, a formar su propia familia y tener la responsabilidad de sus propios hijos sin apenas transición. Siempre había tenido que cuidar de alguien. Había trabajado muy duro para que no les faltase de nada a unos y a otros.

También, es cierto, había tenido sus pequeñas recompensas. Su matrimonio había sido relativamente feliz, todo lo feliz que la convivencia diaria y bastantes estrechuras económicas había permitido. Los hijos le habían salido buenos y le habían vivido todos, en una época en la que era bastante frecuente que una familia perdiera alguno. Más o menos, todos habían estudiado. Más o menos, todos se ganaban la vida. Todos se habían independizado y formado su propia familia.

Trabajó mucho en esta vida, es verdad, pero sus últimos años no fueron tan malos. Se jubiló con una buena pensión, fruto merecidísimo de sus años de incansable trabajo. Veía crecer día a día a sus nietos, cada año más numerosos, y seguía una rutina cotidiana que le satisfacía casi por completo.

Sin embargo, un día, llegaron los problemas de salud. Tuvo que ser intervenido de urgencias y, ya nunca más, volvió a ser el mismo. Trató de recuperar el pulso de la vida, de un luchador como él no podía esperarse menos. Pero, mientras era sometido a interminables tratamientos y exploraciones tuvo que enfrentar la muerte de dos hermanos. Aquel fue un duro golpe para sus, ya, exiguas fuerzas, que decayeron, si cabe, un poco más.

Su estado empeoró tanto en tan sólo unos días que hubo de ser ingresado de urgencias, pese a que hacía apenas un mes, había pasado sin problemas todos los controles médicos.

En un principio le daban esperanzas. Decían que le proporcionarían tal o cual tratamiento, que lo suyo cura, lo que se dice cura, no tenía, pero se podía controlar la enfermedad. Con muchas reticencias al fin aceptó, más por la esposa que por sí mismo.

Como casi siempre en su vida bastó un par de semanas para darle la razón. Empeoró de repente. Fue necesario avisar a los hijos que vivían fuera para que llegaran a tiempo. Ahora los tenía a todos junto a sí. Era bonito morirse de esa manera, rodeado por todos los suyos: en primer término, a su derecha la esposa, pendiente de él hasta su último suspiro, alrededor los hijos, que por turno iban acercándose para darle su postrero abrazo y también estaban sus hermanos, los que le quedaban vivos. La esposa, como en una ceremonia no escrita, pidió al hijo mayor que lo afeitara, no fuera a ser que la muerte le pillara desaseado.

Después todo ocurrió según lo previsto. El silencio respetuoso que había precedido a su expiración se quebró. Todos lloraban sobre el muerto y se consolaban unos a otros. Ya sólo quedaba cumplir con su última voluntad: una cremación sin flores y una esquela en el periódico local.

Descansa en paz.

sábado, 15 de octubre de 2016

Getafe Negro 2016



Estoy sumida en una actividad frenética. Tres de las antologías de Editorial Playa de Ákaba en las que participo como coautora se presentan dentro de los actos del Getafe Negro. Esta misma tarde, a las 19:00, en el Espacio  Mercado se presenta Refugiados, en la que participo con el realto El ansiado Berlín. Es esta ocasión no podré estar presente aunque estoy segura de que Luisa Gil y resto de compañeros tendrán una magnífica actuación.



 
Sin embargo, el jueves 20 asistiré a dos presentaciones. A las 18:00, en la Carpa de la Feria del Libro Elías López de la Nieta presentará Ulises en la isla de Wight, en la que participo con Despedida






Un poco más tarde, a las 19:30, en el Café el Violín será el turno de Teresa Oteo con Crímenes callejeros y mi relato Crímen de honor.



domingo, 9 de octubre de 2016

La cara oculta (VI y fin)



Por fin, un día expiró el plazo. Había pasado el periodo estipulado y Marta se había esfumado por completo. Ni siquiera las pesadillas nocturnas le atormentaban ya. Esa noche había quedado con unos compañeros de trabajo, pues era viernes, para ir a tomar unas copas. Los más avispados habían intuido su crisis, pensando, los ingenuos, que la soltería, ya entrado en años, era lo que le pesaba. Algunos, con toda su buena intención, lo habían invitado a casa por Navidad, ya que sabían que él carecía de familia. Otros, más atrevidos, le había presentado un sinfín de mujeres casaderas que la iban como anillo al dedo. En ocasiones habían insistido tanto, que no había tenido más remedio que invitar a la muchacha de turno, nada más que para quitárselos de encima. Pero todos, hasta los mas pesimistas habían visto con agrado como con el pasar de los meses su humor mejoraba, y esa noche, accedía por primera vez en mucho tiempo a salir a divertirse con ellos.

Recorrieron todos los locales de copas que encontraron abiertos. Luis, en honor de su redención, como decían en tono de sorna sus compañeros, pagó varias rondas. Criticaron a sus mujeres, se rieron con chistes picantes, se contaron con la mayor indiscreción todos los chismorreos de la oficina, y, ¿Cómo no? Pusieron más verde que una hoja de perejil al imbécil de Alberto Cedillo, que para entonces ya había sido nombrado subdirector. Toda esa demostración de alegría, aunque en buena parte artificial y ficticia, había complacido sobremanera a Luis, que no se había sentido de tan buen humor desde hacía muchos meses.

Por fin, después de la última ronda, que también corrió a cargo de Luis, se despidieron. Eran las cinco de la mañana y no había ninguno en todo el grupo que pudiera caminar en línea recta. La juerga había sido de órdago. En un primer momento, Luis pensó en ir a por el coche, pero se daba cuenta de que estaba ebrio. Se dijo que sería una lástima estropear una noche tan divertida por una posible multa de tráfico, o peor aún, por un tonto accidente. Por eso se dio la vuelta, para volver al último local donde habían estado, con la intención de pedir un taxi. Pero Luis nunca volvió. Aterrado vio como un coche aparecía de repente y se abalanzaba sobre él. Murió en el acto, pero antes del impacto pudo ver el rostro de la conductora. Le pareció Marta. Pero claro, sin duda eso fue la alucinación de un hombre que sabiéndose culpable se enfrenta cara a cara con la muerte.

El coche desapareció sin dejar rastro. No hubo testigos. El cuerpo fue encontrado por los basureros a las seis de la mañana, cuando iban de retirada. Fue identificado gracias a su documentación, pero por no tener familia, ni nadie que se hiciera cargo de su entierro, su cuerpo estuvo a punto de ir a parar a la facultad de Medicina para regocijo de los estudiantes, siendo rescatado in extremis por sus compañeros de oficina, quienes le homenajearon en su hora póstuma con un magnifico funeral y, además, pusieron una esquela en el periódico en su memoria. Sus compañeros lamentaron de veras la muerte de Luis, porque, en realidad este era muy apreciado en su oficina.

Cuando Laura leyó la esquela en el periódico se afectó mucho. No había sabido nada de él durante años, pues al separarse había cambiado de trabajo. «¡Qué mala suerte había tenido el pobre!». Primero la vida tan solitaria que había llevado siempre, sin familia, y ahora la muerte le sorprendía de improviso en plena madurez. Recordó que había estado enamorado de ella y que había sufrido un duro golpe cuando Alberto y ella decidieron casarse. Aunque había tratado de ocultarlo a todo el mundo ella lo sabía con certeza, lo conocía bien. Mientras continuaba sorbiendo el café, al tiempo que ojeaba el periódico, y una lágrima furtiva resbalaba por su mejilla, Laura pensaba en cuanto mejor la hubiera ido si se hubiera casado con Luis. «Él si que me quería, y además, era tan buena persona», se dijo entre suspiros…

Fin.

domingo, 2 de octubre de 2016

Gracias, por este año maravilloso



A final de mes se cumplirá un año desde que salió publicada mi primera novela, La luna en agosto.  En abril presenté también mi segundo poemario Paisajes propios y extraños. Desde entonces las antologías en las que participo como coautora se han ido multiplicando a lo largo de estos meses: Reflejos (varios poemas), La isla del escritor (Escala en Gran Caimán), Refugiados (El ansiado Berlín), Ulises en la isla de Wight (Despedida), Crímenes callejeros (Crimen de honor) y Escucháme, no me silencies (Desde el mismo andén). Estos dos últimos títulos muy pronto también estarán disponibles en editorial Playa de Ákcaba.
Tengo que destacar que mis colaboraciones con ELDE y, de manera muy especial,  con la editorial Playa de Ákaba han suspuesto para mí, subir un peldaño más en mis aspiraciones como escritora.
También quiero mencionar mi reciente incorporación a la web Desafíos literarios con la serie La cara oculta y mi columna quincenal Ya nunca seremos los mismos
Otro tema que no me quería dejar en el tintero es mi adscripción a la Sociedad Cooperativa de Escritores Independientes, cuya puesta en marcha es una gran noticia para todos nosotros, esos escritores independientes y hulmildes que tenemos la ilusión de mostrar al mundo de qué son capaces.
No quiero acabar sin dar las gracias a los seguidores de este blog y a todos aquellos que, sin serlo, me han leído o puede que me lean en alguna ocasión.
Desde aquí os mando un efusivo abrazo.

lunes, 26 de septiembre de 2016

Refugiados/El corazón del mar








Hoy quiero rendir mi pequeño homenaje que a todos aquellos refugiados que en el mundo han sido o serán.  Ojalá algún día esta lacra llegue a ser desconocida.

REFUGIADOS


Ruina del país que os vio nacer un día
En medio de un oasis ya pretérito, hoy campo de minas.
Familias rotas, desgajadas a fuerza de infortunios y muerte.
Un manantial de penurias infinitas
Gobiernan esa mala tierra que arroja al abismo a sus habitantes.
Impávidos contemplamos la atrocidad en todo su esplendor, 
Apocalipsis que se vive en sus ciudades y sus campos:
Dios abandona a ese pueblo al mismo tiempo que 
Occidente vende su alma al diablo
Sometido al egoísmo de sus hogares prósperos y felices.

El caligrama también está basado un pequeño poema, también de mi autoría:

EL CORAZÓN DEL MAR

El corazón del mar
late a cada ola.
El poder del sol no basta
para dar caldear el abismo
que engulle a los refugiados.

sábado, 17 de septiembre de 2016

Versos fugaces





Versos fugaces que flotando al viento
se posan suaves sobre la piel amada,
trazan besos en la arena mojada:
el corazón busca, anhela hambriento

del puro amor el ardiente aliento
para encontrar calmo su morada
donde reposar su alma cansada
y ahogar su atribulado lamento.

Sigo tu rastro, husmeo los rincones:
Amor, por qué me dejaste tan sola.   
Echo cartas en todos los buzones.

Encuentro mi eco en otros corazones
y el mío solitario se desola
porque todos me responden burlones.

jueves, 15 de septiembre de 2016

La cara oculta (V)


Transcurrieron tres días y todo estaba en calma. Tan solo una escueta nota en la sección de sucesos del periódico local daba cuenta del suceso. Paradójicamente, Luis comenzaba a inquietarse. La seguridad y el aplomo que había mostrado al principio iban desapareciendo poco a poco dejando paso a una preocupación cada vez mayor. Por un lado, no le parecía normal que ningún vecino le hubiera comentado nada, y por otro, si la policía albergaba alguna sospecha ¿Por qué no se ponía en contacto con él? Cada vez que sonaba el teléfono daba un respingo, pensando que era la policía que venía por él. Pero no, la policía no parecía saber que Luis existía. Y así, con esta zozobra continua, comenzó a discurrir otra vez su monótona vida. Los días transcurrían tensos, aunque tranquilos, pero las noches se convirtieron en un auténtico infierno. Luis tenía que atiborrarse de alcohol y pastillas para conseguir dormir, pero cuando lo conseguía solía ser presa de extrañas pesadillas. En ocasiones soñaba que cuando se agachaba para comprobar que la mujer estaba muerta, inesperadamente sacaba un cuchillo y se lo clavaba en el corazón, matándolo en el acto. Otras veces era la policía la que no paraba de acosarlo hasta hacerle confesar, y él no pudiendo afrontarlo, se arrojaba al vacío para evitar la cárcel y la vergüenza. Las variaciones en sus sueños eran infinitas y se despertaba de ellos aterrorizado, con un sudor frío cubriéndole todo el cuerpo y un sabor acre en la boca. Intentaba, después, mantenerse despierto a toda costa, pues sabía que si se dormía, el sueño invariablemente se repetiría, igual de angustioso que siempre. Solo cambiarían pequeños detalles.


Cuando pasaron varias semanas sin ninguna novedad, la angustia de Luis, comenzó a decrecer. Poco a poco sus noches fueron cobrando algo de tranquilidad y de vez en cuando transcurría alguna en que su sueño no se viera turbado por las habituales pesadillas, que cada vez iba sufriendo de forma mas espaciada. Llegó un momento en que las noches en que dormía tranquilamente y de un tirón, eran más frecuentes que aquellas otras en las que se veía aterrorizado por los malos sueños. Ahora, ya pensaba que podía ser verdad, que no tendría que pagar su crimen, se regodeaba en esta idea y comenzaba a olvidar lo terriblemente preocupado que había llegado a sentirse. No obstante, en algún momento bajo, volvían a asaltarle las dudas y pasaba un par de noches en que las pesadillas volvían con ánimo renovado y ligaras variaciones. Por ejemplo, Marta tenía un novio que sabía que él era el asesino y volvía para vengarse, o la propia Marta que en realidad no había muerto, o tal vez sí, pero que tenía la cara horrendamente desfigurada se tomaba la justicia por su mano. A veces, simplemente trataba de atemorizarlo mediante apariciones súbitas e inesperadas. Pero, una vez pasaban esas pequeñas crisis, ya volvía Luis a tener confianza en sí mismo.


Decidido o a volver as vida de antes, Luis se impuso un plazo. Si transcurridos seis meses del suceso nadie lo tenía por sospechosos, él haría lo posible por borrar de su vida cualquier rastro del mismo… Sería como si Marta nunca hubiera vivido en su edificio, como si nunca la hubiera conocido, como si nunca hubiera existido. Volvería a sus esporádicas escapadas nocturnas con prostitutas, que si sobrevivían no le delatarían y si morían a nadie preocupaban.


sábado, 10 de septiembre de 2016

Doble arrepentimiento




Este relato corrsponde a la prueba Inventízate del mes de julio, que lleva por título genérico Abre los ojos.

Cuando despertó, todavía estaba allí. Sus gruñidos infernales rasgaban el silencio de la madrugada y le hacían perder todo el atractivo que viera en él la víspera. Incluso sus rasgos armoniosos quedaban deslucidos por esa atmósfera llena de estruendos generada a ritmo de ronquidos. La línea de la mandíbula, que ahora se agitaba desdibujando su perfil  con cada resuello, ya no parecía tener esa solidez que le había resultado tan irresistible y sus ojos de mirada seductora, entreabiertos por el perturbado sueño le daban cierta grima. Era ella la que había insistido en que la acompañara a casa, pero se arrepentía. Para una vez que se decidía por un “aquí te pillo, aquí te mato” le había salido el tiro por la culata.

Dio unas cuantas vueltas más en la cama, se levantó y salió a la terraza. Apartó el libro que había sobre la tumbona y de él cayó un billete de avión que le recordó el último viaje que había hecho con Marc, su ex. Era verdad que el hombre que invadía su cama —y peor aún sus oídos— se le parecía, al menos en el físico. Aunque estaba segura de que no resistiría una comparación más seria. Le pasaba siempre. Cada nueva pareja tenía que confrontarla con Marc y hasta la fecha ninguna había pasado el examen. Él y solo él era “el hombre de su vida”. Y si seguía sola era porque en el fondo no quería a nadie más junto a ella.

¿Pero cuál fue la razón verdadera de la ruptura? No conseguía recordar ninguna de suficiente peso. Tampoco quién dio el primer paso. Ni una discusión, ni una palabra más alta que otra. Un día dejaron de llamarse, de verse. Punto. Comprendió que era culpa de ella, al menos en parte. No había luchado lo suficiente. Ahora lo sabía y de eso también se arrepentía.

Su mente, más despierta de lo que ella hubiera deseado en una hora tan intempestiva, volvió otra vez al incómodo invitado. Había sido divertido, lo había pasado bien durante un rato. Eso sí, el rato había sido muy corto porque ya se había cansado de su presencia y le molestaba. Le vino a la cabeza esa frase tan manida: “fue bonito mientras duró”. Lo suyo había durado apenas unas horas. De récord.

Entonces su pensamiento volvió a Marc. ¿Sería posible que se dieran otra oportunidad? ¿Él querría? Si no lo intentaba nunca lo sabría. Se levantó con decisión y en dos zancadas se plantó otra vez en la alcoba.

—¡Eh, tú! —gritó zarandeando de manera abrupta al intruso—. Te tienes que marchar. ¡Ahora! ¡Ya!

El hombre no opuso resistencia. Se vistió con el fardo de ropa que ella le había alcanzado y aprovechándose de que todavía andaba medio adormilado lo sacó de la casa antes de que pudiera darse cuenta de lo que pasaba. Luego, ya sola en su cama, mandó un wasap a su ex: «Te echo de menos. Llámame».

Por fin pudo dormir tranquila.

martes, 6 de septiembre de 2016

La cara oculta (IV)

Ya en su casa, Luis vio que eran las dos de la madrugada. No comprendía como había transcurrido el tiempo tan deprisa. Se duchó y tiró su ropa, que tenía muchas manchas de sangre a la basura, y pensó también en tirar la bolsa al contenedor, pero no lo hizo por si lo veía alguien que más tarde lo pudiera delatar. Por último se acostó, pero no podía dormir. Pensaba en como sería su vida de ahora en adelante si, a raíz de la imprudencia de esta noche, se descubrieran todos sus crímenes. Él era un hombre débil y si la policía lo atosigara a preguntas seguro que no podría resistir y acabaría confesando. Lo perdería todo, y lo que era peor, sufriría la humillación de que el mundo supiera que todo había sido por Laura, porque no había podido tenerla, porque Laura había preferido a un pelagatos que la había abandonado por la primera rubia que se había cruzado en su camino. 

Le estaba bien empleado a Laura, era a ella a quién debía haber matado esa noche. Se dio cuenta, por primera vez en tantos años, que cuando hacía daño a todas esas mujeres era a Laura a quién quería maltratar y por primera vez sintió un mínimo atisbo de compasión hacia ellas y eso le produjo una desagradable sensación, que trató de desterrar inmediatamente.

Se levantó a tomar otro coñac, ya había perdido la cuenta de los que había tomado. Creyó que le sentaría bien. Mientras lo apuraba de un trago volvió a pensar en lo que haría a la mañana siguiente. Se sentía demasiado confuso para ir a trabajar y su primera idea fue fingir que estaba enfermo, pero al instante la desechó, porque romper su rutina podría resultar sospechoso, y por primera vez, se dio cuenta de que esa nueva sensación de sentirse perseguido ya no lo iba a abandonar nunca. Lo mejor sería ir a trabajar con normalidad. Pero ¿Cómo iba a aparentar normalidad? 

Empezaba sentirse fastidiado con la situación, debía intentar serenarse y dormir, pues al día siguiente tendría que estar concentrado y dispuesto para su trabajo. Volvió a la cama, pero no paraba de dar vueltas. Su inquietud no hacia sino aumentar, y se le habían acabado las pastillas para dormir, por lo que no podía recurrir a ellas. Sin temer la resaca del día siguiente pensó que su única solución era una borrachera de las que casi hacen perder el sentido, al borde mismo del coma etílico. Recordó que tenía otra botella más de coñac y resolvió aplicarse a ello de la misma forma que un colegial se aplica a sus deberes. Bebió una copa tras otra, sentado en la butaca del salón, y cuando juzgó que ya era suficiente quiso volver a la cama, pero no podía moverse, y, sin darse cuenta se quedó dormido.

A la hora habitual sonó su radio despertador. Si, normalmente su estado al despertar, siempre era deplorable, el que presentaba en esa ocasión era absolutamente desolador. A causa de la borrachera había vomitado sin moverse de la butaca y se encontraba empapado en una repugnante mezcla de vómito y sudor. Tenía un insoportable dolor de cabeza, se sentía muy confuso y, de momento no recordaba nada de lo sucedido por la noche. Poco a poco fue volviendo en sí, las imágenes comenzaban a fluir lentamente, aunque por un momento creyó que todo era producto de su imaginación y que lo había soñado. Tardó todavía unos minutos en hacerse cargo de lo sucedido. En un primer momento, el malestar físico y la incomodidad por el estado de suciedad en que se encontraba fueron sus prioridades. Se duchó y volvió al salón limpiándolo y dejándolo todo en orden. Ya se sentía mejor, pero justo entonces, tuvo un sobresalto: todavía no había decidido lo que iba a hacer y ya era hora de tomar una decisión. Lo más sensato, sin duda, sería actuar como si nada hubiera pasado, e ir a trabajar con toda normalidad. De camino a su oficina, pararía en un contenedor, fuera de su barrio, y se desharía de la bolsa delatora. Además, así se encontraría lo más lejos posible para cuando fuera descubierto el cadáver.

Aquel día, Luis guardó las apariencias como buenamente pudo, ya que en el fondo se sentía muy desasosegado. Aunque había pasado por una situación similar otras veces, en esta ocasión se daban circunstancias que la agravaban. Por un lado, era la primera vez que tenía la certeza de que había matado, y por otro, no se trataba de una prostituta, sino de su vecina. Una mujer asesinada brutalmente en su propia casa. Eso haría que la policía se tomara un mayor interés por resolver el crimen. Mientras su mente divagaba con pensamientos parecidos, iba transcurriendo lentamente la jornada. Luis sentía un extraño desdoblamiento, era a la vez el eficiente e incansable trabajador de siempre, y al mismo tiempo no paraba de dar vueltas a la situación, maquinando la mejor forma de salir bien parado de ella. Pensaba que lo mejor sería volver tarde a casa, de forma que, cuando llegase, ya se hubieran calmado los ánimos, y, en parte también, para evitar a sus vecinos en la medida de lo posible.

De esta forma se las ingenió para conseguir que un pequeño grupito saliera a tomar una copa con él, al terminar el trabajo. Como se suele decir, una cosa llevó a la otra, y cuando se retiraron era la una pasada. Luis estaba rendido, pero se sentía satisfecho, todo iba saliendo según lo previsto. Había derrochado alegría y buen humor, nadie en su sano juicio lo consideraría sospechoso de tan horrible crimen, y se consideraba muy listo por haberse construido la coartada. Cuando alguien le diera la noticia, bien la misma policía o cualquier vecino se fingiría espantado y asunto concluido. Si encontraban sus huellas en casa de la mujer, hasta podía admitir que había ido a pedirle un poco de azúcar. Entre vecinos eso no tenía nada de particular. La solución era perfecta, y él un genio.


sábado, 3 de septiembre de 2016

El despegue



Todo llega. Incluso sin planificarlo demasiado, casi sin pensar. Se te viene encima. Te da en la cara como una bofetada, aunque en el fondo lleves todo el año deseándolo. La espera es larga. Primero la llegada al aeropuerto con dos horas de antelación, nada más y nada menos. Luego las largas colas para el check in y el control de seguridad. ¡Menudo peñazo! Te dan ganas de salir corriendo, pero aguantas todas esas absurdas incomodidades con tal de alcanzar el momento anhelado. Te embarcas en el vuelo entre empujones. En un trajín de trolleys y bolsos de mano, de personas solitarias, risueñas o taciturnas. De familias enteras cargadas niños y de parejas de mediana edad que por fin se dan el lujo de viajar solas en un vano intento de recuperar el tiempo que la rutina y la vida les han robado.
Y sí, todo vale la pena por vivir ese momento en el que el avión, todavía en tierra, acelera al mismo tiempo que el corazón se te desboca en el pecho y empieza a subir lentamente, en tensión, luchando contra las leyes de la física. Por fin alza el vuelo de una manera primorosa y resulta victorioso frente a la fuerza de la gravedad como una alegoría de la prometida felicidad de tus vacaciones.

lunes, 22 de agosto de 2016

La cara oculta (III)


Mientras pensaba en todo ello, Luis había tomado unas cuantas copas y se encontraba, ya, bastante borracho. Tenía la mente embotada y no conseguía razonar con un mínimo de claridad. El alcohol, en lugar de mitigar su despecho por el mundo, no hacía sino acrecentarlo. A las mujeres, las culpaba de no haber sabido amarlo. Y a cada momento que pasaba sentía crecer en su corazón una rabia inusitada. No recordaba haberse sentido así ni en sus peores momentos, ni si quiera aquella primera vez en que pegó a una prostituta. Se sentía una víctima, él mismo por increíble que pareciese, por delante, incluso, de todas esas desgraciadas que había ido apaleando a lo largo de los años. De repente su mente se abrió. Por qué limitarse solo a las prostitutas, acaso no eran todas las mujeres igual de culpables. Poco a poco esa posibilidad se fue materializando en su pensamiento. Recordó que tenía una nueva vecina, se llamaba Ana o tal vez Marta… No se acordaba bien. Era joven, guapa y vivía sola. Se habían cruzado alguna vez en el descansillo y no parecía mirarlo mal, incluso, creía que le inspiraba cierta confianza. Además, aún era temprano, tan solo las once de la noche, podría ir a su casa con cualquier pretexto.


Luis no lo pensó más. Cogió un vaso vacío pensando pedirle un poco de azúcar. Le pareció una excusa muy verosímil: ya se sabe un hombre que vive solo y trabaja todo el día no tiene mucho tiempo para hacer la compra, pero por otro lado, el café sin azúcar está tan malo… ¿Cómo no iba a atender su petición? Luis actuaba como un autómata. Salió de su casa, cruzó el rellano, y llamó al timbre de Marta, que así es como se llamaba su vecina, blandiendo el vaso en la mano. Esta miro por la mirilla y al ver que era su vecino abrió confiada la puerta. Pero tan pronto Luis hubo franqueado el umbral, se dio cuenta de su error. De repente, su apacible vecino se transformó en un energúmeno borracho de ojos desencajados que embistió contra ella sin mediar palabra. Marta, aterrorizada, no se movía, ni intentaba defenderse y Luis azuzado por su pasividad se encolerizaba más y más y golpeaba sin cesar a la pobre mujer, que no alcanzaba sino a gemir débilmente, emitiendo un soniquete a todas luces insuficiente para llamar la atención del resto de los vecinos. Todo acabó en un instante. Marta se desplomó de golpe, y esto hizo que Luis recobrara algo de su perdida conciencia. A pesar del azoramiento que sentía por haber perdido el control de esa manera, se daba cuenta de lo que había hecho. Marta estaba en el suelo hecha un guiñapo, como una muñeca de trapo rota. La cabeza ensangrentada y la cara hinchada y llena de moratones le daban un aspecto inquietante. Luis la miró y en ese momento fue consciente de que la había matado. No obstante, se agachó para comprobarlo. En efecto, no le encontró pulso. El corazón de Marta se había detenido para siempre.


Pasada la tormenta, una aparente calma se apoderó de Luis. Esta vez si que la había hecho buena. Estaba al lado de su propia casa y seguro que había dejado huellas por todas partes. No tendría escapatoria. Se había dejado llevar y ahora temía las consecuencias, pero no se arrepentía de haberla matado, solamente de no haber sido cuidadoso y previsor. Decidió que lo mejor sería irse a su casa y allí pensar lo que haría.


lunes, 15 de agosto de 2016

Despedida (Ulises en la isla de Wight)





Este es mi relato para el proyecto Ulises en la isla de Wight.

Rod Carson llevaba ya muchos años en el candelero consagrado como estrella del rock. Nadie iba a disputarle su sitio en el Olimpo de la fama, pero no era esa la jodida cuestión. ¿Quería continuar con esa vida disipada? ¿Hasta cuándo? Eso era lo que se preguntaba mientras el reloj —no el tatuado en su antebrazo, de estilo biomecánico y tan realista que parecía que podía ver sus manecillas moverse, sino el de la pared del camerino— seguía avanzando. Ya se acercaba la hora de subirse al escenario para poner el broche final a la gira mundial que lo había llevado durante los últimos tres meses por todos los continentes. Esa noche era la despedida. Al día siguiente plegarían  bártulos y regresarían a casa.

«¿Qué casa?», pensó angustiado. Sí, tal vez seguiría teniendo una casa, pero a aquello ya no podría seguir llamándolo hogar. Por lo menos, no después de lo que acababa de pasar. Llevaba ya varios años con su novia y siempre había creído que un día formaría una familia con ella. En el futuro quizás, cuando hubiera sentado la cabeza y abandonado sus malos hábitos de una vez por todas. En contra de su costumbre, ella había decidido no acompañarlo esta vez. Eso ya tenía que haberle puesto sobre aviso, pero reconocía que no vio venir el golpe. Acaba de dejarlo por wasap, la muy puta. «A pesar de todo me gustaría que siguiéramos siendo amigos. Siempre podrás contar conmigo». Eso le había escrito para despedirse y, a continuación, le había puesto dos emojis: lanzando un beso y guiñando el ojo. Por ese orden. La cabrona podía haber esperado a hacerlo en persona. Pero no, su cobardía la había llevado a hacerlo interponiendo su smartphone y veinte mil kilómetros entre los dos.

Aunque despotricara, en el fondo era consciente de que no podía culparla por esa decisión. Al menos, no del todo. Se daba perfecta cuenta de que él había contribuido en gran medida al fracaso de la relación. ¿Cuántas infidelidades había terminado por perdonarle ella? Su excusa siempre solía ser la misma: las grupis se le echaban encima, lo perseguían, se aprovechaban de la situación. Al final lo hacía sin darse cuenta. Se dejaba llevar por las circunstancias. Aunque se arrepentía enseguida. Muchas veces iba tan colocado que ni siquiera recordaba lo sucedido. Después le juraba que su amor era para ella y solo para ella. Que aquella sería la última vez. ¡Cuántas mentiras…! En los momentos de sobriedad se avergonzaba de todas y cada una de ellas. Pero luego tomaba unas copas o se fumaba unos petas —con o sin su raya de coca, según se terciara— y se olvidaba de todas las promesas que le había hecho. Y todo volvía a empezar. Nunca había pensado en serio poner fin a sus adicciones, aunque también eso se lo había prometido un millón de veces. Otra de las muchas promesas incumplidas.

Pero que fuera ella la que cortara con la relación era algo que no se esperaba. La quería demasiado o tal vez solo la necesitaba. Qué más daba. El sentimiento de abandono era el mismo. El hecho de saber que era él quien se lo había buscado no mitigaba su dolor. Por primera vez se sintió protagonista de sus propias canciones, cuyas letras desgarradas hablaban de héroes solitarios, de perdedores, de inadaptados que casi siempre terminaban mal. Entonces volvió a recurrir a lo que sabía que lo calmaría. Tras encenderse un canuto y meterse una raya agarró también la botella de whisky y empezó a beber sin control. En unos minutos estuvo lo bastante puesto para que sus penas se disiparan y una sonrisa bobalicona asomase a sus labios. Ya no importaba nada. Todo fluía. La mente otra vez en blanco.

En la lejanía se oía las canciones de los Rock Pistons, el grupo que estaba actuando como telonero durante toda la gira. Cumplían a la perfección con la misión de enardecer al público para él. Cuando salía, ya todo era coser y cantar. Eran grandes chicos. Su música lo volvía loco. Ahora le estaba ayudando a evadirse de los problemas. No había nada mejor en la vida que un buen cuelgue.

—¡Sales en quince minutos! —le gritó el manager a través de la puerta—. ¡Prepárate!

—¡Sí, ya voy! —Esa noche, dadas las circunstancias, no le apetecía actuar. Pero sabía que era un ídolo de masas y se debía al público. Había que estar listo. Vivía para eso. Unos blue jeans rotos por varios sitios de manera estratégica y una camiseta negra de tirantes constituían sus signos de identidad. Siempre se vestía igual para cantar. Las camisetas tenía que comprarlas por docenas, ya que en cada actuación una de ellas terminaba hecha jirones. Esa costumbre, que provenía de la época de sus inicios, había terminado por establecerse como norma. Los fans no daban la actuación por terminada si no lo hacía y enseñaba el torso desnudo.

—Vale, no tardes. Están en la recta final.

«¡Espabila, tío!». Se daba cuenta de que no estaba en condiciones. Necesitaba otro chute de coca para  poder actuar. ¡Mierda! Ya no le quedaba. Aquello era un desastre. Si no se metía algo enseguida iba a terminar tirado en cualquier rincón porque la flojera se estaba adueñando de él. Miró la botella de reojo y se dio cuenta que se había tomado casi tres cuartos. Demasiado incluso para él. ¡No podía salir así al escenario!

Por suerte en el camerino —que era compartido— estaban también las pertenencias de los Rock Pistons. Alguno de ellos se había dejado la chupa y no dudó en mirar en los bolsillos. «¡Sí, estoy de suerte! ¡Te quiero, tío! ¡Seas quién seas!». Había encontrado un par de papelas. Desesperado como estaba pensó en meterse las dos de golpe. Ya lo había hecho otras veces y no le había pasado nada. ¡Uf! ¡Ya pensaba en el subidón que  iba a sentir! Claro, que siempre lo había hecho con mercancía de confianza. No sabía quién era su proveedor. ¡Pero  qué cojones! Esos tíos eran de fiar: su farlopa tenía que ser buena.

Le subió mucho más rápido de lo que habría esperado. ¡Eso estaba bien! El sopor comenzó a disiparse y creyó que enseguida estaría en condiciones para hacer la actuación más memorable de la gira.  Al final resultaba que la mierda era buena. Sintió una pequeña punzada en el pecho, pero no le  quiso dar importancia. Sin embargo, a los pocos segundos se repitió con más fuerza. Le dolía tanto que se quedó momentáneamente sin respiración. De repente las buenas sensaciones se esfumaron: el corazón se le desbocó y parecía que iba a explotarle de un momento a otro. Todo a su alrededor se volvió negro.

—Rod, sal ya que empiezas en cinco minutos —le dijo el manager.

Como no respondía espero unos segundos y volvió a llamarlo. Silencio. Insistió una tercera vez:

—¿Rod, por qué no contestas? ¿Qué coño te pasa? —Aporreó la puerta.—  ¿Abre de una puta vez? 

Como estaba cerrada por dentro tuvo que echarla abajo. Cuando al fin consiguió entrar se encontró  al cantante sin sentido y convulsionando en el suelo. Tenía los labios azulados y por la comisura de la boca le asomaba un hilillo de espuma blanca.

—¡Rod! ¡Rod! —Trató de reanimarlo mientras lo zarandeaba aún en el suelo.

Al ver que estaba inconsciente el manager no perdió ni un segundo más y avisó por teléfono a emergencias. Las asistencias llegaron muy rápido  y en unos pocos minutos se hicieron con la situación. Mientras aún sonaban en el ambiente las notas finales de la última canción de los Rock Pistons y el público enfebrecido esperaba en medio del delirio la actuación de Rod Carson, la gran estrella internacional del Rock, en una ambulancia camino del hospital, un equipo de anónimos sanitarios luchaba por mantener al ídolo con vida.

domingo, 14 de agosto de 2016

Una ladrona muy gatosa



Hoy voy con el tercero  de los 52 retos propuestos por ELDE para 2016. Consiste en escribir una historia de suspense que empiece con la frase "Estoy de pie en mi cocina...".


Estoy de pie en mi cocina. Estaba durmiendo pero me he levantado de un brinco al oír unos ruidos extraños. He ido directa a por algo con que defenderme y qué mejor arma que mi cuchillo jamonero. Siempre fui muy miedica y más todavía desde que hace un par de años me atracaron a punta de pistola en plena calle. El tío no se cortó un pelo y eso que eran las tres de la tarde. Tras encañonarme me dejo sin blanca. El muy capullo antes de irse me dio un beso en la boca. ¡Puag, qué asco! ¿En qué estaría pensando el muy cabrón? Pero lo cierto es que desde entonces estoy traumada y cuando me quedo sola me figuro peligros por todas partes. 

Pero en esta ocasión no son imaginaciones. Algo se ha caído y seguro que no habrá sido de manera espontánea. Sonaba metálico y por la zona del sótano, así que me dirijo hacia allí blandiendo mi cuchillo. Justo cuando comienzo a bajar por las escaleras me asusto de nuevo. Otra vez esos ruidos extraños. Subo corriendo cerrando la puerta tras de mí. Pienso que mi ladrón, o lo que quiera que sea, es un patoso redomado. ¡Joder, no se puede entrar en una casa a robar y meter tanto jaleo! ¡Tío, que así te van a pillar fijo!

No sé qué hacer. Quizás debería dejar de investigar por mi cuenta y llamar a la policía. Pero no me decido: mi psicóloga dice que debo vencer el miedo, que de lo contrario jamás superaré la fase de estrés postraumático. Así que sigo contemporizando un poco más.

En eso que oigo unos gemiditos y el corazón me da un vuelco ¿Dios mío, quién se ha metido en mi casa? Sí. Lo he oído con toda claridad. Parece el llanto de un bebé, pero eso no puede ser, me digo a mí misma tratando de convencerme. ¿Qué loco se pondría a atracar una casa llevando un bebé consigo? Luego pienso que quizás el bebé ha sido secuestrado, que puede estar en peligro y me sale del alma bajar corriendo a salvarlo. Cuando estoy a mitad de las escaleras pienso que antes debía haber perdido medio segundo en dar parte de lo ocurrido. De esa manera la ayuda ya estaría en camino. ¿Quién  sabe qué amenazas nos aguardan al bebé y mí? No obstante, acuciada por la situación, prosigo.

Una vez abajo, mientras espero que mi vista se acostumbre a la oscuridad me guío por el oído. El corazón se me sale por la boca. No tengo ni idea de lo que puedo encontrarme aquí. En eso que soy ya la que tropiezo y organizo un estruendo enorme. De repente veo salir a toda velocidad a mi gatita Leila. Me doy cuenta de que está tan asustada como yo y me entra una risa floja. Pero me acerco un poco más al escondrijo de donde la he visto salir porque estoy intrigada. Quiero saber qué esconde con tanto recelo.

No puedo creer lo que veo. Acurrucados entre unas prendas de ropa vieja descubro cinco cachorrillos. Son tan chiquitines que ni siquiera tienen los ojos abiertos. Se parecen entre sí un montón y todos a Leila. Tienen su mismo pelaje gris.Y su maullido era lo que me tenía confundida. Nunca me había parado a pensar que se pareciera tanto al llanto de un recién nacido.  

Cojo en mis manos a uno de ellos y le dedico unos cuantos mimos. Ahora sí que me río con ganas, pero se me borra la sonrisa de golpe al preguntarme, llena de remordimiento,  qué clase de persona soy que no me di cuenta de que mi gatita andaba preñada. Aún más, cómo dejé que eso pudiera pasar sin poner antes ningún remedio. Eso sí: me alegro enormemente de no haber llamado a la policía. Aunque todavía me sonrojo de vergüenza pensando en el ridículo que hubiera hecho. ¡Si es que no tengo remedio! ¡A nadie le pasa lo que a mí!