martes, 21 de marzo de 2017

Un poema es




Hoy, 21 de marzo es el día de la poesía y por eso os quiero dejar este poema, que es de los primeros que compuse, titulado:
Un poema es 
Un poema es...
un punto en el océano
mirado con lupa, 
un sentimiento disecado.
Algo que nunca ocurrió, 
intangible y sin materia.

Palabras que se hilan, se entretejen
componiendo una historia mínima 
que el poeta
amplifica y empequeñece según su antojo,
que distorsiona, que deforma
y que transforma
al pasarla por el crisol de su pluma.
  
Un poema es...
una estrella en el firmamento, 
un grano de arena,
un bosque en el que trinan los pájaros,
la corriente turbulenta de un río
y la cristalina transparencia de un lago.

Palabras que nos hablan
directas al corazón,
de la soledad, del silencio,
de ilusiones y anhelos,
de tristeza y desesperación,
de dolor, de amor
y de todas aquellas cosas
que forman la vida cotidiana,
y a las que no damos, apenas, importancia.

Un poema es...
el vaivén de las olas en la playa,
los ojos de la persona amada,
una tormenta de verano,
una mirada cálida,
el perfume de una rosa,
la música que embriaga,
una frase de aliento,
la luz de una llama,
el latido de un corazón sombrío,
el olor de la tierra mojada.

domingo, 19 de marzo de 2017

Cautiva (parte 2): Me despido


Anoche vino Javier, mi marido. Al llegar me besó en los labios y me agarró de la mano, como siempre. Pero a partir de ese momento las cosas se desarrollaron de manera diferente. Lloró de manera desconsolada durante mucho rato. Como no puedo mirar el reloj, no sé exactamente cuanto, pero se me hizo una eternidad. Yo hubiera querido hacer algo para confortarlo. No puedo verlo así, porque me entristece demasiado. Prefiero verlo alegre, aunque sea una alegría falsa, una careta que se pone para hacerse el fuerte delante de todos. Pobre… Mi situación es mala, pero la suya tampoco es envidiable. Tan joven y ni viudo ni casado, sino todo lo contrario. Encima, haciendo de madre y padre para nuestros hijos. ¡Cuánto me gustaría ayudarlo!

Al cabo de un buen rato, cuando ya se desahogó, se enjugó las lágrimas y comenzó a hablarme.

―Virginia, querida. La de hoy no es una visita más. He venido a decirte algo muy importante… No puedo ser tan egoísta. No puedo retenerte más. Tú lo sabes…

De repente se interrumpió y se recostó en la cama junto a mí. ¡Dios, cuánto tiempo sin sentir su cuerpo junto al mío! ¡Cuánto tiempo sin sentir palpitar su corazón!

―Lo he estado hablando con Marta y los doctores que te llevan aquí, en el hospital. Estamos todos de acuerdo y te vamos a desconectar. Para que descanses por fin… Por tu bien, por el de todos…

No me podía creer lo que decía. «¡Para ya! ―trataba de decirle mentalmente― ¿Pero no ves que estoy viva todavía? ¿Tan solo tengo cuarenta y dos años? ¿De verdad crees que estoy preparada para morir?».

—Será mañana a primera hora. Te sedarán y luego seguirán el procedimiento habitual. Es para asegurarse de que no sufras nada… Lo siento, mi vida, perdóname ―me susurró al oído y me besó de nuevo.

Luego se marchó.

No he podido dormir en toda la noche y aquí estoy, esperando mi muerte. Mi rebelión inicial se ha trocado en resignación. Soy una especie de fantasma. Creo que al final no es tan mala idea. Sé que me liberaré por fin de este cuerpo inútil. Pero confieso que tengo miedo, no a la muerte en sí, sino a dejar de existir. No dejo de preguntarme si hay otra vida. Si hay un alma que trasciende a la materia de la que estamos hechos.

Os dejo, que ya vienen a prepararme…

domingo, 12 de marzo de 2017

Cautiva (Parte 1): Me paso la vida esperando

¿Sabéis qué significa el síndrome de enclaustramiento? Yo tampoco tenía ni idea hasta hace unos meses. Os lo voy a explicar. ¿Os imagináis estar plenamente conscientes dentro de un cuerpo inerte, que no responde a ninguna orden del cerebro? ¡Pues de eso se trata! ¿Horrible, verdad? ¿A que tan solo de pensarlo se os pone la carne de gallina? A mí también. Es que no me acostumbro a la situación. Veo a los médicos y enfermeras hablar entre sí, aunque nunca se dirigen a mí. Ellos creen estoy en coma, pero no es verdad: tan solo tengo un cuerpo desconectado de mí misma, un cuerpo que no me obedece.
Oigo y entiendo todo cuanto dicen. Escucho sus pasos o sus voces acercarse por el pasillo y ya sé a qué vienen. Por la mañana, a primera hora, toman la temperatura a todos los pacientes. Después traen el desayuno, que a mí me dan por sonda, al igual que el resto de las comidas, ya que no puedo tragar por mí misma. A continuación vienen las auxiliares a lavarme y hacer la cama y, un poco más tarde, los doctores pasan la consulta. Luego, la hora de la comida, por la tarde las visitas, la cena, hora de dormir y otra vez vuelta a empezar. Y así día tras día.
En algunas ocasiones sucede al revés, primero vienen los doctores y luego me asean. Tengo que decir que esa situación me violenta muchísimo. Prefiero estar ya arreglada y oliendo a colonia cuando llegan. ¿Qué queréis que os diga? Siempre fui muy coqueta y no voy a cambiar a estas alturas por muy impedida que esté.
En mi nueva vida, que casi sería mejor llamar no vida, me aburro mucho. Tengo demasiado tiempo para pensar, que es lo único que puedo hacer además de ver, oír y callar.
En cuanto a la vista, estoy condenada a mirar el techo o la pared la mayor parte del tiempo, lo cual llena mis horas de tedio. A veces me entretengo buscando pareidolias. Si me concentro puedo distinguir claramente los trazos de un paisaje campestre, con el sol ocultándose tras las montañas. Me imagino que yo estoy allí, sintiendo la brisa del atardecer en el rostro. Hasta me llega el aroma del romero y la lavanda… Pero ya me cansa también ese pasatiempo.
A veces me giran del lado del aparato que me hace respirar. Entonces me entretengo mirando la pantalla, con los gráficos y cifras que van cambiando según introduce o saca el aire en mis pulmones. Tiene algo hipnótico que me encandila y me mantiene distraída durante horas.
Tan solo cuando alguien se cruza de manera casual en mi campo de visión, puedo ver a alguna persona. Bueno, también veo a mi familia cuando me visitan porque se suelen acercar a besarme, a abrazarme. Además de verlos, puedo sentir algo de calor humano. ¡Mi piel contra otra piel!
La verdad es que estoy rodeada de gente a todas horas, pero me siento muy sola. Nadie puede acompañarme durante mucho tiempo en el lugar en el que estoy: atrapada en mi propio cuerpo. A pesar de mi patente corporeidad, soy invisible a los ojos de los demás. En general, actúan como si yo no estuviera.
―Pobrecitos, los niños. Quedarse sin madre tan pronto. ¡Lástima! ―«Marta, hermana, mírame a los ojos. Escucha mi voz interior. Sigo aquí. ¿Pero es que no te das cuenta?»―. ¡Criaturas! Menos mal que aún les queda su padre ―añadió entonces para mi desesperación.
Mi hermana Marta, mirando el lado positivo… Es así, no lo puede remediar: optimista por naturaleza. Ya puede suceder la mayor tragedia del mundo que ella siempre piensa que hay que dar gracias porque podría haber sido peor. Me gustaría decirle que me los trajera, a mis niños. ¡Tengo tantas ganas de verlos! ¿Pero cómo? Si no puedo hablar ni moverme. ¿Cómo podría hacerme entender?
Sé que Marta me quiere, pero nunca hemos tenida esa clase de conexión que tienen otras hermanas gemelas. De lo contrario lo sabría… Sabría que mi mente sigue aquí dentro. Marta, me quedaron por decirte tantas cosas y ya no podré. ¡Yo también te quiero tanto…! Ahora tienes que vivir mucho y bien. ¡Por las dos!


Continurá aquí 

jueves, 9 de marzo de 2017

Desafíos Literarios 1

Este pasado sábado volví al María Pandora de Madrid para la presentación del libro Desafíos Literarios 1, la primera criatura de los autores desafiantes de la web desafíosliterarios.com. 
Fue estupendo conocer en persona a todos los compañeros de armas (no quiero nombrar a ninguno
en concreto por no dejarme a nadie pero ahí estuvimos todos estupendos). También estuvo Enrique Brossa, alma mater de toda esta historia (en sus propias palabras el dueño del balón con el que jugamos en el patio).  Hubo lleno total y tanto el público como los autores lo pasamos genial en un ambiente de lo más distendido. Como muestra de ello os dejo el vídeo de presentación.
 


 Se grabó un vídeo en directo del evento. Os dejo el enlace AQUÍ.


martes, 28 de febrero de 2017

La luna en agosto (Capítulo III)




―III―

Tras la terrible discusión que había mantenido con Alicia, Ignacio había vagabundeado sin rumbo durante un par de días. Al fin, la noche anterior había recalado en casa de Emilio, su jefe además de amigo. Llegó muy bebido,  a decir de él mismo, con una buena cogorza, moña, merluza, melopea, tajada, curda, pedal… ―se podría decir que conocía todos los sinónimos de borrachera que se encontraban en el diccionario y algunos más―.

Le habían dejado dormir la mona en el sofá y se había despertado, ya por la mañana, en unas condiciones bastante lamentables. Después de todo, se daba cuenta de que no había sido tan buena idea tratar de olvidar sus penas mediante el consumo desenfrenado de bebidas espirituosas. Abundando más en el tema, no había conseguido su principal propósito, ya que seguía recordando punto por punto todo lo ocurrido, y además era consciente de ser el único culpable por comportarse con Alicia como un auténtico zoquete.

No había sido capaz de aplacar la ira de Alicia y eso le preocupaba. Sentía que su relación con ella, que era lo único que de verdad le importaba, se le estaba yendo de las manos. Solo sabía que la quería con locura, que era lo mejor de su vida y que estaba dispuesto a todo con tal de que las cosas volvieran a ser como antes.

¿Cómo había podido enterarse de su aventura en esos pocos días en los que ella se había ausentado de la ciudad para visitar a su hermana? Desde entonces no había hecho otra cosa que escurrir el bulto, creyendo que ella se olvidaría del tema. Pero esa conducta, lejos de apaciguarla, la enfurecía todavía más y las cosas entre ellos habían ido de mal en peor hasta que la situación se había descontrolado por completo.

Se sentía culpable al margen de que ella lo hubiera descubierto. No solo no le había sido fiel a ella sino que tampoco había sido fiel a sí mismo. Eso le hacía sentirse incómodo, incluso cuando ella callaba, pareciéndole entonces, que aquello era un mudo reproche por su parte. Se mostraba lejano porque se sentía avergonzado por su comportamiento.

Por el contrario, Alicia creía que era porque ya no la quería. Cada vez la distancia entre ellos se había ido haciendo más grande.  Ahora ya parecía un abismo insalvable.

Todo había sucedido de forma casual. Él había salido a tomar unas cañas por la noche, a ver si se encontraba con alguno de sus colegas del barrio, ya que tras su marcha, la casa se le venía encima.

Sin embargo, con quien se topó de cara, fue con una maciza que no se cortó en tirarle los tejos de una forma descarada. Al principio se hizo el estrecho, pero Ignacio acabó seducido por su insistencia y su enorme sex-appeal. Si Alicia hubiera estado cerca de él en ese momento crucial todo hubiera sido diferente, pero ella se hallaba a muchos kilómetros de distancia y su solo recuerdo no fue suficiente para que Ignacio pusiera freno a sus instintos libidinosos. Entonces ocurrió lo inevitable.

No se sentía especialmente satisfecho por lo sucedido. Incluso una vez pasada la euforia del momento no había parado de remorderle la conciencia, no haciendo si no reprocharse su conducta una y otra vez. Pero sí, se los había puesto a Alicia hacía apenas un par de semanas.  Y bien grandes, por cierto.

Estaba seguro de que Alicia lo sabía o, cuando menos, lo sospechaba y él estaba echando a perder el amor de su vida por culpa de aquella fatídica noche en la que no estuvo a la altura. Aunque ya había tomado una decisión al respecto: volvería a casa, se lo confesaría todo con valentía y le pediría perdón de forma humilde y sincera. Tal vez así conseguiría una segunda oportunidad.

Sin embargo, su situación parecía más que complicada. Invadido por completo por el pesimismo, no pudo más que rememorar su doloroso pasado. Entonces resurgieron sus antiguos fantasmas y tuvo miedo de encontrarse otra vez caminando por el filo de la navaja.

Su adolescencia y primera juventud habían sido bastante problemáticas. Por circunstancias diversas había tenido que  crecer solo, a su aire, sin una figura de autoridad que lo guiara.

A pesar de que había conseguido, en último término, sobrevivir a los ambientes marginales y a las malas compañías, había tenido que pagar un alto precio por ello. Aun así no podía quejarse del todo, ya que sabía de muchos que habiendo pasado por vicisitudes similares, habían sucumbido ante ellas, víctimas de la mala vida y anclados en una existencia miserable. Así que su historia era en realidad tan corriente y triste como tantas otras que había tenido la desdicha de conocer de primera mano.

Su padre había sido un taxista borrachín que les pegaba a su madre y a él cada vez que llegaba ebrio a casa, cosa que ocurría con frecuencia. Por suerte se mató en un accidente de tráfico, antes de conseguir desgraciar de una paliza a ninguno de los dos.

Aunque ambos quedaron en una situación económica muy precaria tras la muerte de su progenitor, y aun contando con la pequeña indemnización que les correspondió, Ignacio recordaba como dichosa la época en la que habían vivido solos su madre y él.

Por desgracia, aquello tampoco duró mucho, pues su madre había nacido sin estrella y falleció de un  terrible cáncer que la fue carcomiendo por dentro en cuestión de unos pocos meses, cuando él apenas contaba quince años.

Sin ella se encontró en total desamparo y tuvo que sobrevivir con los pocos recursos de que disponía. Prácticamente vivía en la calle. Todo lo que sabía lo aprendió en ella, y después, esta, prestamista siempre usurera, le cobró su tributo en forma  de algunos años de correccional.

A pesar de su mala fortuna, fue lo bastante listo como para aprovechar ese periodo entre barrotes aprendiendo un oficio. De esta forma se convirtió en un buen carpintero, cosa que le permitió  ganarse bien la vida cuando salió en libertad.

Llevaba trabajando varios años en la carpintería de Emilio, quien no había tenido inconveniente en contratarlo a pesar de sus antecedentes. Si había albergado algún recelo hacia él por su condición de exconvicto, nunca se lo había hecho saber y, pese a esa mácula en su biografía, con el tiempo se habían convertido en grandes amigos, casi hermanos, y se tenían confianza plena. De hecho, Emilio le acaba de dar una gran muestra de amistad al acogerlo en semejante estado.

Pero retomando la crónica de su pasado, lo cierto era que Ignacio había salido de aquel mal trance con la lección bien aprendida y ya hacía mucho que no había vuelto a tener ningún encontronazo serio con la ley. Hoy en día, a punto de cumplir los treinta y dos, era un hombre totalmente centrado.

Desde que estaba con Alicia se sentía feliz, quizá por primera vez en toda su vida, aunque nunca se había atrevido a contarle nada de su tortuosa vida anterior. Por supuesto tampoco que su triste infancia, y no otro, era el motivo por el que se negaba en rotundo a tener hijos. No quería que sufrieran todos los sinsabores que él había tenido que soportar.

Pese a ello se daba cuenta de lo absurdo de esa idea porque sabía que hubiera sido incapaz de comportarse con una criatura como su padre lo había hecho con él. Es más, casi estaba seguro de que podría llegar a ser un buen padre si es que, a pesar de su vehemente oposición, estaba escrito en su destino que ello le sucediera alguna vez.

Pero un miedo solapado e irracional hacía que no quisiera siquiera oír hablar del tema y siempre que Alicia le había insinuado la posibilidad de tener un bebé, él había acabado cerrándose en banda.

domingo, 19 de febrero de 2017

Crimen de honor, tercera y última parte. Una visita de cortesía



Los dos detectives se dirigieron rápidamente hacia allí. No les apetecía en absoluto dar la mala noticia al padre, pero era parte del trabajo.

Eljall estaba alojado en una suite. Les recibió en la sala previa al dormitorio y les invitó a sentarse en el inmenso sofá.

—Señor Eljall. ¿Desde cuándo no ve a su hija Lamya? —Fue Schneider quien habló.

—Hace su vida en Londres y apenas la he visto en los últimos años. —El rostro de Eljall se crispó cuando comenzó a hablar de ella. Se notaba que abordaba un tema espinoso—. Fue una etapa muy difícil de superar porque no acataba mi autoridad ni la de su madre y no quería seguir nuestras normas. Ahora ya no pertenece a nuestra familia. Ella lo quiso así…

No se esperaban ese tipo de respuesta. El hecho de que la relación entre ambos fuera tan tensa acababa de convertir al padre en su primer sospechoso.

—Me apena oírle decir eso —dijo Farid circunspecto—. Aún así, tengo la triste obligación de comunicarle que esta mañana se ha encontrado su cuerpo en el Isar.

A pesar de la fatal noticia, el rostro de Eljall se mantuvo pétreo, sin rastro de emoción.

—Me haré cargo de sus restos. Cumpliré con esa dolorosa obligación —contestó de manera escueta, aunque con un ligero temblor en la voz—. Es lo último que puedo hacer por ella.

—Me temo que no es tan sencillo, señor Eljall. En estos momentos hay una investigación abierta. Hasta que no concluya no le podremos entregar el cuerpo. Dígame: ¿Sabía que ella estaba en Múnich? — añadió Schneider.

—Sí —admitió sin ambages—. Nos vimos ayer por la tarde en los jardines situados bajo el puente de Maximilians.

Schneider y Farid pusieron los ojos como platos. Nunca habrían esperado tanto de lo que, en principio, tan solo era una visita de cortesía.

—¿Y qué pasó? ¿Nos lo puede contar? —le preguntó Farid.

—No se imaginan lo que sentí al verla después de tanto tiempo. ¡Mi única hija! ¡Mi niñita! ¡Estaba radiante! Olía a jazmines y tenía la mirada serena. Vino con su niqab, lo cual me complació. Entonces hicimos las paces. ¡Ojalá todo hubiera quedado ahí!

Los dos detectives cruzaron entre sí una mirada cómplice, pero permitieron que Eljall continuara hablando sin interrumpirle.

—Entonces le desprendí el velo para besarla, vi esa cosa horrible que llevaba en el labio y se me volvió a romper el corazón Me puse furioso, pero me contuve. Tan solo le supliqué que se la quitara…

—¿Y ella le hizo caso? —le preguntó Farid, al ver que se había detenido.

—Todo lo contrario. Se exaltó y discutimos de manera acalorada. Me dijo que quería vivir la vida a su manera. Que yo no tenía ningún derecho a entrometerme. Que ese era el motivo por el que jamás volvería a casa. Luego me confesó iba a tener un hijo sola. No tenía intención de casarse con el padre. Estaba completamente decidida. ¿Se figuran el dolor que eso me produjo…?

Su rostro perdió la rigidez por unos instantes y dejó escapar un sollozo apagado, pero se recompuso al instante.

—¿Entonces, qué más ocurrió?—dijo Schneider muerto de impaciencia. Sabía que Eljall estaba a punto de caramelo.

—Simplemente perdí los estribos. Quise abofetearla pero ella me esquivó. Forcejeamos y le arranqué el maldito piercing o cómo se diga de un manotazo. Vi la sangre correr y en ese momento me volví loco. La agarré por el cuello y apreté y apreté… hasta que se desplomó en mis brazos como una muñeca de trapo. Luego me di cuenta de lo que había hecho y la arrojé al río. Fue lo primero que se me ocurrió. Pensé que la sangre y el agua se unirían para lavar mi afrenta. Eso es todo, agentes.

Los detectives habían escuchado el testimonio con mucha atención. Fue la confesión más fácil que hubieran obtenido nunca. Se alegraban enormemente de haber resuelto el caso con tanta rapidez. Schneider tendría su fin de semana libre y ambos se ahorrarían otra engorrosa visita al doctor Neumann. Pero Farid no pudo resistirse a hacerle una última pregunta.

—¿Por qué nos lo ha puesto tan fácil, señor Eljall?

—¡Veo que quieren saberlo todo! Una actitud muy previsible por su parte. —Sonrío con sarcasmo—. Se lo diré. Desde que les vi entrar, supe que antes o después averiguarían toda la verdad, de modo que no tenía ningún sentido demorar lo inevitable. Ahora, si me permiten despedirme de mi esposa iré adónde quieran llevarme. Y por favor, una última cosa. ¡No me juzguen con demasiada dureza! Lo crean o no, yo quería a mi hija.

Fin

domingo, 5 de febrero de 2017

A fuerza de pasión




A fuerza de pasión 
Una niebla espesa envolvía
el paisaje sediento y resquebrajado de mi alma.
La esfera solar añoraba el brillo de otros tiempos
y un cielo gris, su azul calmo.
Los árboles se ondulaban con el viento
al igual que mi nostalgia.
Entonces apareciste tú
y las estrellas cimbreantes
comenzaron de nuevo
a danzar nuestro tango de cada noche.
Bebí del agua que tú me diste
y volvió la mujer que siempre fui,
aunque llevara mil años sepultada
bajo la costra de la indiferencia.
A fuerza de pasión
conseguiste arrinconar mi soledad:
donde fue olvido triunfó el amor.